A los pies de los ‘animal spirits’

Escrito el julio 15th, 20101 comentario

Hay sentimientos, emociones y pasiones colectivas que brotan con tanta exuberancia y rúan con tanto frenesí que parece como si la sociedad se volviese loca. Para muestra, lo de estos días con ‘La Roja’. El triunfo de la selección española de fútbol se ha convertido en alocado jabulani, un balón con el que ahora se juega fogosamente a ganar celebridad nacional. ¿Saben que el nombre del controvertido esférico pateado en el reciente campeonato mundial de fútbol significa “celebrar” en idioma isiZulu? España se celebra a sí misma, recreándose con su jabulani,  intentando regatear a sus adversidades, jugando a golear a un mundo que le ha coceado en su reputación financiera.

Porque la deuda soberana del Reino de España  ha estado (sigue estando) a los pies de los mercados financieros, expuesta a pisotones y patadas,  al atropello de desmadrados ‘animal spirits’. John M. Keynes utilizó esta expresión para referirse a estados de ánimo colectivos que de vez en cuando se adueñan de las bolsas de valores para agitarlas con euforia o con depresión. El inversor no es sólo el ‘animal rationalis’ que supone la teoría económica convencional, sino que también se excita ante el fulgor del dinero, tiembla de emoción y se deja arrastrar por las circunstancias hasta la locura. Lo advirtió ya en el siglo XIX  Benjamín Disraeli, Ministro de Economía y Hacienda del Reino Unido, diciendo que  “si algo enloquece al hombre más que el amor es la cuestión del dinero”.  

¿Desvarían los mercados internacionales, sobre todo desde el pasado mes de abril, al desconfiar tanto de la salud del sector público y de la solvencia de su deuda?. ¿Tiene fundamentos su temor? Me he hecho muchas veces esta pregunta. La prensa internacional que alienta la desconfianza pone énfasis en la tasa de paro y en la escasa productividad relativa de nuestra economía, alertando  sobre la insoportable carga que estos problemas supondrán para las arcas públicas. Pero, ¿acaso no se sabía esto desde hace tiempo? ¿Son tan tontos que lo descubren ahora? Y si lo sabían, ¿por qué dan tanta importancia en abril del 2010 a lo que supuestamente conocían en abril del 2009  e incluso antes?  Me pregunto también por qué, se haga lo que se haga (antes por no ser austeros y ahora por adoptar una política de ajuste severa), se mantiene la desconfianza. Sólo veo una razón, un punto de lucidez en medio de tanto “animal spirits”: el riesgo político que ensombrece las decisiones de Estado en España.

No hace falta que haya riesgo de asonadas militares para que se pueda hablar de riesgo político en un país. Basta que haya sonada beligerancia entre Gobierno y Oposición, así como sangrante desconcierto entre la Administración central  y  la descentralizada (CC.AA en nuestro caso) para que los pactos de Estado sean riesgosos tanto en su diseño como en su ejecución. No me cabe duda de que la prima por “riesgo país” de la deuda soberana española, que actualmente revolotea en torno a 200 puntos básicos por encima del tipo de interés de la deuda alemana, está cargada de riesgo político, de penas por ese lamentable espectáculo que dan en España los partidos políticos  y que observan los faunos de la jungla financiera internacional.

Qué pena que nuestros políticos jueguen al pim, pam, pum, o al rifi-rafe, y no al tiqui-taca, ese armonioso, solidario y persistente estilo de juego que ha hecho ganar a la selección española de fútbol. Mientras no cambien su forma de jugar, temo que sigamos a los pies de los espantados y espantosos “animal spirits”.

Sobre la reforma laboral y sus razones

Escrito el junio 24th, 2010sin comentarios

 -La razón no tiene dueño ni esclavos-

Anteayer se aprobó en el Congreso de los Diputados el decreto sobre la reforma del mercado de trabajo presentado por el Gobierno de ZP. El hecho de que vaya a tramitarse en forma de proyecto de ley hace  muy probable que se introduzcan enmiendas, a tenor de lo manifestado por los partidos abstencionistas y oponentes, cuyos representantes parlamentarios son, en conjunto, mayoría.  Por eso, porque este asunto sigue abierto, merece la pena insistir en las razones que justifican una reforma laboral y advertir sobre buenos y malos caminos.

Las razones de la reforma

Que casi el 20 % de la población activa  (más de cuatro millones y medio de personas) esté en el paro es una poderosísima razón para reformar el mercado de trabajo.

Que el empleo sea tan pro-cíclico (aumente mucho más que el PIB cuando la economía va bien y disminuya mucho más que éste cuando la economía va mal) también es otra buena razón para ello.

 Que la tasa de paro “natural” (la que no depende del ciclo económico sino de causas estructurales) sea mucho mayor en España que en la gran mayoría de países desarrollados indica que hay una especie de pecado original subyacente.

 Que el mercado de trabajo esté segmentado entre empleados con contrato indefinido y otros con contrato temporal,  de modo que la protección y derechos de los primeros se compensan con el desamparo y penurias de los segundos, es una lacerante injusticia.

 Y ¿qué decir de esa reliquia franquista de someter a las empresas a la disciplina de convenios colectivos de ámbito provincial y/o sectorial, independientemente de cuáles sean su situación particular y sus problemas específicos?. Que no parece ya razonable y debería revisarse.

 Por estas y otras razones, conviene reformar el mercado de trabajo. Ahora bien, el cómo se haga y el adónde nos debería llevar esta reforma son cuestiones más discutibles.

 Sobre la flexibilidad, tan bendita para unos y  tan maldita para otros.

 ¿Es razonable postular más flexibilidad en los contratos de trabajo ante situaciones y entornos tan cambiantes e inciertos como los que hoy encaran las empresas?. En principio, sí. La historia del progreso nos enseña que hay que adaptarse a los nuevos tiempos, e incluso reconvertirse si es preciso, y que para ello se necesitan márgenes de maniobra. Tienen razón los empresarios cuando postulan algo de esto. Pero la flexibilidad, que es una ventaja para el que la ejerce (la empresa),  es también un coste para el que la soporta (los trabajadores), y por ello hay que introducirla con prudencia, equidad  y acierto.

La flexibilidad no debería ser finalista, es decir, un fin en sí misma,  y tampoco un medio para mantener sólo, o sobre todo, las remuneraciones de los directivos y los dividendos de los accionistas. Debería contribuir, junto con otros factores, a elevar la productividad de las empresas por el buen camino, esto es, vía inversiones, tecnología, reorganización y formación del personal. Porque hay dos formas de elevar la productividad: una mala, reduciendo el empleo y haciendo de esta manera que la producción por empleado aumente; y otra buena, haciendo que la misma plantilla de trabajadores sea más eficiente por incorporar más capital físico y tecnológico, o por introducir mejoras técnicas y organizativas, o por formar más e incentivar mejor a los empleados, o por una combinación de todos estos factores. Obviamente, promover la eficiencia de esta manera es costoso para los directivos y propietarios. Los sindicatos se quejan, con razón, de que muchos empresarios son demasiado proclives a aumentar la productividad por el mal camino (despidiendo a trabajadores) pero, en cambio, son más  renuentes a avanzar por el bueno (haciéndoles más eficientes).

La flexibilidad en algunas de sus distintas formas (ajustes de plantillas, salarios, horarios y jornadas, recolocaciones funcionales y geográficas de los trabajadores, etc.) probablemente sea necesaria hoy en día en muchas empresas. Pero, ciertamente, no es suficiente. No basta para solucionar el problema básico de la economía española, el de su baja eficiencia y escasa productividad (de la buena). Y recurrir sólo a la flexibilidad es, además, socialmente injusto, pues, de hacerlo, el sacrificio recaería sólo, o sobre todo, en los trabajadores.

 ¿Pondrán el ‘carro delante del caballo’?

La reforma laboral en ciernes gira, sobre todo,  en torno a la flexibilidad.  Y ya nos advierten nuestros gobernantes que tengamos paciencia, que, al menos a corto plazo, padeceremos más pérdidas de empleo.  O sea que transcurrirá cierto tiempo hasta que el paro se aminore.  El decreto (ahora proyecto de ley)  crearía menos crispación social, si llevásemos tiempo trabajando en serio para  aumentar la productividad ‘buena’, esa que es más exigente con los empresarios.

 Con la Ley de Economía Sostenible (LES) se pretende  precisamente promover este tipo de productividad. Pero esta ley no ha nacido todavía, sino que, tras casi cuatro meses desde su presentación a  las Cortes, sigue encallada en comisiones como un proyecto dormido. Sería lamentable que la reforma del mercado de trabajo se aprobase antes que la LES. ¿ Una vez más el mundo al revés?

Se oyen ya quejas  por la huelga que proyectan los sindicatos para septiembre, pero no se protesta  por  los meses que llevan holgando nuestros parlamentarios con el proyecto de ley de economía sostenible. Qué mundo éste.

 

¿Ocaso del Zapaterismo?

Escrito el mayo 25th, 20101 comentario

Finalmente ZP se ha rendido, arriando la bandera de su política social. Supongo que le habrá mortificado tener que hacerlo, precisamente ahora, cuando está en la cima burocrática de la UE como Presidente de turno. Se discute sobre qué le ha forzado a ello, si la evidencia de una letal inconsistencia en su forma de gobernar España, como corean sus adversarios, o la injusta presión de circunstancias adversas, como defienden sus partidarios. En cualquier caso, su sorprendente “decretazo”  preludia malos tiempos en su andadura política.

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Se esperaba que reaccionase ante las nuevas circunstancias que acorralan la economía española, pero no como lo ha hecho. Ha sorprendido que las medidas de reducción del déficit sean tan asimétricas, a saber, sesgadas hacia menores gastos y no hacia mayores impuestos (sólo tras el alboroto generado se ha balbuceado, vaporosamente, que habrá subida de impuestos a “quienes más tengan”). Ha extrañado la frialdad con que se acepta que estas medidas pueden frenar el incipiente crecimiento del PIB, agrandando todavía más la fosa del paro. Ha irritado la  impúdica distribución del sacrificio que conlleva esta minoración de gastos, afectando especialmente a grupos de población débiles e inocentes. Finalmente, ZP ha decepcionado al recurrir de nuevo a su política de parcheo, sin afrontar todavía, de forma clara y firme, las reformas estructurales necesarias para ganar eficiencia económica, única vía ya para tranquilizar a los inversores extranjeros que tienen en sus carteras más del 50 % de la deuda pública española.

De ZP me ha gustado (y me gusta) su cortesía, buenas formas, optimismo …, y su vanguardismo en derechos sociales. Incluso me parecieron  razonables sus primeras reacciones ante la crisis, cuando ésta emergía y no se preveía claramente la locura que vendría luego, porque irracional (o propio de ‘animal spirits’ alocados, que diría Keynes) ha sido mucho de lo que ha acontecido hasta ahora. Pero, una vez conocida la naturaleza del enemigo, ZP debería haber actuado de otra manera, y no lo ha hecho. Ha estado vacilante, desconcertado y desconcertante, añadiendo incertidumbre a la incertidumbre, trapicheando con lo urgente y descuidando lo importante, dejándose arrastrar por las circunstancias… hasta que éstas se han tornado tan voraces que le han desnudado a dentelladas.

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ZP se ha visto abocado a reducir el gasto porque no ha sabido o no ha podido  achicar la bolsa de fraude, y ha renunciado (o así lo parece) a cortar el vuelo evasivo,  o emigración fiscal, de las grandes fortunas (¡tan pájaras ellas!). Ha enfriado la escasa alegría que tienen los pensionistas y los dependientes por no haber congelado antes el gasto alegre y golfo de las Administraciones Públicas españolas. Reduce el sueldo de los funcionarios porque no ha sido capaz de elevar su productividad. Merma la ayuda exterior al desarrollo, porque ha perdido ante Obama la audacia que tuvo ante Bush y no se atreve a sacar las tropas españolas de Afganistán (¿es mejor un tanque en suelo afgano que una escuela en Senegal?). Quita premios a la natalidad, pero los da al circo del fútbol a través de la recaudación de las quinielas (¿acaso teme menos una huelga de madres que otra de futbolistas?). Despoja a los parados más desventurados de sus 425 euros pero no toca las subvenciones a los sindicatos, a los partidos políticos  y a la Iglesia Católica (¿por qué en el impreso 100 del IRPF no se permite, como alternativa, destinar a estos parados la asignación tributaria correspondiente?. Su ministra Elena Salgado dice (¿para tranquilizar o asustar?) que no espera que lleguemos a cinco millones de parados (nada menos), pero nada de nada sobre la reforma del mercado de trabajo.  Frena las inversiones en infraestructuras,  pero sigue soñando con elevar la productividad y eficiencia de la economía española.

Despojado tan abruptamente de su ‘buenismo’, neologismo con el que algunos han caricaturizado el talante y el estilo de Zapatero, éste afronta un futuro electoral muy negro. Sólo le puede salvar la aversión de los electores hacia el ‘malismo’  (permítaseme esta expresión como antagónica de la anterior) que observo en Rajoy y en muchos de sus partidarios, ese talante resentido, negativo, no cooperativo, hipócrita… que parece regodearse en los males de la economía española esperando que su empeoramiento mejore la suerte del PP en las urnas.

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Entre tanto ‘buenismo’ y ‘malismo’ se está perdiendo la oportunidad de pasar  del mal (la crisis) al bien (un crecimiento sostenible). Los mercados financieros ven roto este puente, y por eso, entre otras razones, nos azotan. Qué desgracia.

 

 

Cajas de ahorro desencajadas

Escrito el mayo 8th, 20101 comentario

Parece que éste es uno de los pocos ‘lugares comunes’ de las preocupaciones de Zapatero y Rajoy. El otro día, en Moncloa, el líder de la Oposición bendijo la ayuda a Grecia y  acordó con el Presidente reformar las Cajas de ahorro. Mejor es algo que nada, así que ¡albricias! por esta mini-sutura de sus lacerantes desavenencias.

La crisis económica ha terminado por desencajar, o desequilibrar financieramente,  a muchas de estas entidades, aunque, a mi entender, todas ellas están desfiguradas (y en este sentido, también desencajadas) desde hace mucho, muchísimo tiempo. Se crearon en el siglo XIX como instituciones piadosas (‘montes de piedad’, se llamaron) con la finalidad de luchar contra la usura y favorecer el acceso al sistema crediticio a las clases sociales menos pudientes y más marginadas. Pero con el curso del tiempo cambiaron de fines y medios, operando en el campo de los depósitos, los créditos y otras inversiones con las mismas exigencias y afán de beneficios que los bancos. Beneficios – se defienden – que en parte se destinan a reservas, provisiones  y demás fondos de prudencia, como lo hacen todos los bancos,  pero que también se reparten en gran parte como dividendos sociales a través de sus variopintas obras benéficas. Al parecer, esto último es lo único que queda de su originaria piedad.

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La injerencia política en el gobierno de las Cajas las ha desencajado todavía más. “La mano sucia” de los partidos políticos ha abofeteado con demasiado frecuencia (tanta como los ciclos electorales) a honestos y capaces profesionales, resintiéndose la eficiencia e incluso la equidad de estas entidades. Ha habido mala gestión crediticia e inversora en muchos casos, excesivos intereses locales (por no decir feudales) en otros, y en general  mangoneo en la Obra Social.

Chirría también el encaje de las Cajas de Ahorro en las formas habituales de propiedad. No son entidades privadas ni públicas. Pertenecen a la sociedad – se dice- y en este sentido el adjetivo más adecuado parece ser “sociales”. Pero, ya se sabe, como en este país todo lo que es social lo acaparan celosamente los partidos políticos, quizás el epíteto que realmente mejor las caracteriza es “políticas”.

No sé cuáles serán el alcance y la naturaleza de la reforma que han acordado los políticos Zapatero y Rajoy. ¿Despolitizarlas? ¿Privatizarlas? ¿Publificarlas (perdón por la palabrota), convirtiéndolas en banca pública?  ¿Desfeudalizarlas (de nuevo, perdón) favoreciendo las fusiones, absorciones u otras formas de integración regional? No sé qué será, será … Pero sí sé lo que quisiera que fuese, aunque muy probablemente no lo sea.

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Hago votos para que las Cajas se reformen retornando a sus orígenes. Que se imponga en ellas la estrategia de abrir las puertas del sistema financiero a las clases sociales más marginadas (familias menos pudientes, trabajadores autónomos y pequeñas empresas) a quienes hoy en día se niega crédito con tanta mezquindad. Que ganen crédito social a base de darlo financieramente. Que se reconvierten, no ya en la arcaica figura de Montepío, sino en la moderna Banca ética. Ésta sería su mejor obra social. Afortunadamente, algunas Cajas han iniciado esta andadura. Con fortuna para la sociedad, pero también para ellas, pues, a tenor de los informes que asoman, estas entidades no son las que mayores problemas albergan.   

 

 

¿Brindis por una economía más deportiva?

Escrito el abril 14th, 2010sin comentarios

“Es mejor ganar sin lucha” ( Sun Tzu en el Arte de la Guerra )

 Los clamorosos éxitos que se están logrando en el deporte (futbol, baloncesto y otros) han abierto nuevas rutas a la locuacidad de nuestros gobernantes y políticos. Aman tanto el aplauso (¿qué es votar hoy en día sino aplaudir?) que no pueden evitar la envidia, y así, cuando celebran la puesta en marcha de ambiciosos proyectos I+D+i o anuncian programas económicos pretenciosos, se vanaglorian de estar en la Liga de Campeones. Competir entre los mejores, correr en cabeza del pelotón, estar en vanguardia, ser punteros, ganar por goleada son expresiones que ya forman parte de su verborrea habitual, conformando una especie de brindis por una economía más deportiva. Hoy mismo leo en prensa que el Presidente L. Rgz. Zapatero acaba de hacer unas manifestaciones al Financial Times donde dice que la economía española no bajará a segunda división. El deporte viene a cuento como metáfora de economía competitiva, cualidad ésta que se predica como solución para superar la crisis actual y evitar el estancamiento económico al que, según parece, estamos abocados.

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Me sumaría a un brindis por una economía más deportiva si con él se jalease a las familias, los trabajadores, las empresas, los agentes sociales y las instituciones públicas para que intensifiquen el cultivo de valores deportivos como el esfuerzo, el entrenamiento, la diligencia, el deleite en el bien jugar, la disciplina, el trabajo en equipo, la inteligencia estratégica, el respeto al contrario, el no aprovecharse del rival caído, el juego limpio, el saber ganar, el saber perder y otras muchas virtudes.

Pero el “juego bonito”, digamos el que se crea con esa ética, no suele ser suficiente para quienes albergan ambiciones exorbitantes, por no decir espurias. ¡Hay que ganar!, se exige muchas (demasiadas) veces con un ardor guerrero. En su origen, las actividades deportivas servían  a los guerreros para entretenerse en tiempo de paz y al mismo tiempo prepararse para futuras guerras. En nuestros días, por desgracia, este pecado original del deporte sigue goteando, y no me refiero sólo al uso del sable, del arco y de la jabalina en algunas especialidades ni al boxeo y otras actividades pugilísticas, sino sobre todo a ese ambiente de belicosidad que de vez en cuando convierte los terrenos de juego en campos de batalla con gritos como ¡al ataque!, o ¡a por ellos!, o ¡a muerte!…, como si los rivales fuesen enemigos.

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En el deporte actual, mandan con furor los resultados y obedece sumiso el juego, incluso hasta hacerse feo, sucio o ruin. En otras palabras, no basta la excelencia, por meritoria que sea, pero sí el éxito, aunque sea bastardo. Se aplaude la victoria a pesar de que sea una derrota moral. Hoy en día no se puede competir en la Liga de Campeones sin el concurso del dinero. Y ya se sabe, si el dinero es el árbitro del juego, el deporte deviene en negocio. Negocio que, como todos, debe ser rentable, imperativamente victorioso, pues  no hay viabilidad para el vencido. ¿Brindar por una economía más deportiva en este sentido, una que idolatra la victoria? Paso, no me entusiasma este ídolo  ni su religión. Prefiero que no se invoque el deporte si es para besar su lado oscuro, el del guerrero que saquea al vencido.

La economía competitiva se puede entender y promover de dos maneras. En una, la más noble, prevalecen la preparación técnica, la laboriosidad, el dinamismo empresarial, la responsabilidad social corporativa, la cohesión social, la limpieza y la diligencia de las instituciones públicas …, en definitiva, el estar en buena forma, en buenas- sino perfectas- condiciones para afrontar los retos del presente y del futuro; y en la que los resultados (por ejemplo, más exportaciones y mayores cuotas de mercado internacional, con el enriquecimiento que ello conlleva) se esperan simplemente por añadidura, como premios sobrevenidos que se celebran compartiendo responsable y solidariamente con los países no tan preparados o en forma, sobre todo cuando no lo están por causas ajenas a ellos. Brindo por esta economía competitiva, por este “juego bonito”.

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En la otra, la  competitividad se plantea y promueve, sobre todo, como enconada disposición al combate, a la lucha, a la guerra (comercial, eso sí). Es una economía combativa donde ruge el egoísmo nacional, y a veces tanto que se subvencionan tramposamente las exportaciones para expulsar del mercado internacional a otros países más débiles que no pueden, o no se les deja, trampear de la misma manera; donde en el afán de superación nacional late un afán de lucro y, por ende, el enriquecimiento que proviene del sector exterior conlleva (y a veces se hace a costa de) el empobrecimiento de los países vecinos; donde, en definitiva, el comercio exterior viene a ser un juego de suma cero en el que unos ganan lo que otros pierden. No brindo por una economía donde no se permita al perdedor ganar algo. Es un pobre juego, incluso mezquino, por mucho que lo canonicen las normas del Derecho Internacional.