Frente al Absurdo

Escrito el Enero 17th, 20104 comentariost

Como muchos otros, supongo, he evocado durante estos días los pensamientos de Albert Camus, muerto absurdamente en un accidente de tráfico hace cincuenta años (el 4 de enero). Su influencia en la juventud de las décadas de los sesenta y setenta fue enorme. Y todavía perdura. ¿Acaso no es Camusiana la rebeldía de Greenpeace en Copenhague exhibiendo el lema “Los políticos hablan, los líderes actúan” para protestar contra la pasividad, e incluso complicidad, de los Gobiernos ante la peste ecológica que se avecina? 

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Camus reflexionó sobre la ‘condición humana’, diagnosticando su ‘absurdidad’: nuestra existencia carece absolutamente de sentido, de modo que -escribe textualmente- «juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía». Hombre auténtico es el ‘hombre absurdo’, aquel que es consciente de los límites de su existencia (no hay un “más allá” religioso ni un “más adelante” marxista) y es sensible ante ello. Como lo es Sísifo en la mitología griega, a quien los dioses, enojados por su astucia, castigan con la ceguera y la carga de una enorme piedra forzándole a caminar montaña arriba hasta la cima en un viaje inútil e incesante, pues, una vez en la cumbre, no puede evitar que el peñasco se deslice cuesta abajo hasta el valle, sintiendo el vértigo de tener que repetir la ascensión una y otra vez, a perpetuidad.

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Una posible actitud ante la absurdidad es su aceptación individual, pasiva e indiferente. Como la del protagonista de la novela El Extranjero, el Sr. Meursault, quien, llevando una vida absurda (al vaivén de la indiferencia, sin valores) y tras ser pillado en un crimen absurdo (cometido “por causa del sol”), asume, con escepticismo y en soledad, una sentencia de muerte absurda (basada más en la forma de ser del reo que en el crimen) y dictada por un Tribunal de Justicia absurdo (cargado de convencionalismo y prejuicios culturales). Camus escribe: «En nuestra sociedad, un hombre que no llora en el funeral de su propia madre corre el peligro de ser sentenciado a muerte…». Meursault, apellido que parece compuesto de meurtre–saut (salto al homicidio), representa al antihéroe.

Por el contrario, héroe es el ‘hombre rebelde’, el que se rebela ante el Absurdo y lucha activamente contra él aun sabiendo que no podrá derrotarlo, el que no se suicida aunque sabe que su vida no tiene sentido, el que no se desespera a pesar de no tener esperanza. Con su rebeldía, el hombre puede ser admirable en un mundo despreciable. Esta ética de acción propuesta por Camus alcanza su mayor coherencia cuando se practica solidariamente, cuando las víctimas del Absurdo se rebelan y luchan contra él sin convertirse en verdugos de otras víctimas. Como lo hace el variopinto grupo personas que bajo el liderazgo del Doctor Rieux se subleva contra la absurda epidemia (pues viene como se va, sin sentido) que asola Orán en la novela La Peste. Un grupo de civiles (no hay políticos, ni militares) que busca la paz por medio de la simpatía (según palabras de Tarrou a Rieux), a pesar de ser conscientes de que «el bacilo de la peste no muere ni desaparecerá jamás»…, que puede llegar un día en que la peste vuelva, «despertará a sus ratas y las enviará a morir en cualquier ciudad feliz». Con estas frases termina la novela.

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La rebeldía y la lucha en que piensa Camus no es violenta, pues si lo fuera crearía víctimas y por tanto no sería solidaria. La violencia ejercida sin razón (la de un loco, por ejemplo) es per se absurda, pero la que se practica en nombre de alguna causa o razón también es absurda, porque en un mundo sin sentido, a la deriva, no hay fundamento para nada, ni para la violencia ni incluso para la solidaridad. Si esta última surge, es también por nada, por pura gratuidad de un ser que se siente absurdo pero libre, que no tiene quien le salve pero tampoco quien le ate y condicione. La libertad es la miel de la absurdidad, su único consuelo. Aunque Sísifo sufra al ser consciente de su esfuerzo inútil e interminable, también sabe que el pedrusco es suyo y sólo suyo. Por ello, «debemos imaginar a Sísifo dichoso» – escribe Camus.

Camus rechaza las ideologías cargadas de sentido metafísico y moral, porque, a su entender, son falacias interesadas. Y se rebela contra los sistemas políticos, institucionales y religiosos donde se instalan, porque devienen en impostores, cómplices de la Peste, explotadores de la persona humana. No extraña, pues, que se declarase ácrata y ateo.

Como he advertido al comienzo, muchos le consideran el padre de los movimientos sociales y las organizaciones no gubernamentales, las ONGs, que representan en nuestros día el contra-poder, o mejor dicho, el poder civil ante la corrupción (¡vaya peste!) de los partidos políticos y por ende de los Gobiernos. A pesar de su ateísmo, sus pensamientos han ayudado también a muchos teístas a depurar sus creencias, a rechazar dogmatismos y doctrinas religiosas enemigas de la dignidad y la libertad del ser humano, y a rebelarse  contra jerarquías sencillamente absurdas (no puedo evitar mencionar el caso Munilla). Hoy hay muchos cristianos rebeldes por la gracia de pensadores como Albert Camus. Los jerarcas de la Iglesia Católica deberían recordar más a menudo que Jesucristo fue un rebelde ante el sistema social y religioso de su época y que, como Meursault en El Extranjero, fue condenado a muerte, no por criminal, sino por escandaloso.

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Camus

 Se puede no estar de acuerdo con la visión metafísica del hombre, y de la humanidad, que Albert Camus nos muestra en sus escritos, y al mismo tiempo  simpatizar con sus propuestas éticas de rebeldía, libertad, solidaridad y simpatía con nuestros semejantes. Es mi caso. Encuentro en su filosofía buenas razones, pero no la Razón (quizás porque siendo coherente ni la busca ni la da). O en otras palabras, miro al mundo desde el balcón de sus pensamientos y observo muchos, muchísimos absurdos, pero no veo el Absurdo. A pesar de ello,  en el tren de la vida, mientras viajamos, le quiero como compañero, aunque nuestras estaciones de partida y de llegada no sean las mismas.

Tiempos para la elegancia

Escrito el Diciembre 30th, 20091 comentario

Buenos tiempos estos de Navidad y Año Nuevo, aunque sólo lo sean porque propician nuestra elegancia. No en el sentido banal de refinar nuestros modales y apariencia, sino en otro más profundo y humano.

En estas fechas, más que en otras, las tradiciones familiares y las convenciones sociales nos empujan a elegir: jugar o no a la lotería, y dónde; felicitar o no las fiestas, y a quién; regalar o no cosas, y qué; evadirse o no de los familiares, y cómo; hartarse de viandas o dar de comer al hambriento; prevenir la mordida del IRPF o resignarse ante las fauces del fisco; mirar hacia atrás, al viejo año, o hacia delante soñando con el nuevo, etc. etc. 

Especialmente costumbrista es esto último. El tránsito del año viejo al nuevo suele emborracharnos con nostalgias y esperanzas. Repasamos los hechos relevantes del tiempo que se ha ido y soñamos con lo que nos puede deparar el porvenir. Nos acostamos haciendo balances del pasado y nos despertamos acariciando presupuestos del futuro. El dicho popular “Año nuevo, vida nueva” sugiere que en nuestro estado de animo terminan dominando los deseos de cambio sobre la inercia, la actividad sobre la pasividad, el movimiento sobre la muerte.

Sentir el pulso del tiempo, de forma tan especial, es un regalo de Navidad. Puede zarandear nuestra vida para que la aprovechemos mejor. Nada hay más escaso que el tiempo – “tempus fugit ”- y ser consciente de ello puede provocarnos un saludable renacimiento: reverdecer el ánimo, elegir nuevas rutas vitales y sacar más jugo a nuestra efímera existencia.   

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La verdadera elegancia es el arte de elegir bien el modo de vivir. Repasemos, pues, nuestro “currículum vitae”, reflexionemos  y elijamos.  Seamos elegantes, amigos. Vivamos mejor en un mundo mejorable. Son mis deseos ante el latido del tiempo, entre los años 2009 y 2010.

¿España mísera o evaluación miserable?

Escrito el Diciembre 20th, 2009sin comentarios

Ladran las agencias internacionales de rating contra España y sus Comunidades Autónomas. Especialmente estentóreo, y mal acogido,  ha sido el ladrido de  Moody’s, ese que nos advierte de la miseria del Reino de España coronándolo como el país más mísero entre los países desarrollados.

 

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Pero, ¿hincan en la verdad estas enojosas advertencias o son, más bien, cínicas valoraciones de entidades desprestigiadas? Porque hablando de miseria, ha sido tan misérrimo el trabajo de las agencias de rating a la hora de advertirnos sobre la crisis financiera que nos está amargando la vida que no pocos consideran miserable su afán de seguir aleccionándonos.

Ciertamente esta crisis ha desnudado a muchas (por no decir todas) firmas auditoras y evaluadoras, mostrando sus carencias e incluso, en bastantes casos, su deshonestidad por tener lucrativas connivencias con las empresas e instituciones evaluadas. No en vano, entre los Acuerdos del G-20  en la Cumbre del Londres de este año (mes de abril), destaca la necesidad de regular más y mejor las agencias de rating en busca de más eficiencia y menor corrupción profesional.

Sin negar la crudeza de la crisis económica en España, cabe denunciar cierta  falacia en la foto de Moody’s, pues ésta agencia pinta el dramatismo sobre un lienzo de composición cuestionable, pues en él se suman la tasa de paro (que es una variable stock o de nivel) y la tasa de déficit público (% del PIB) que es una variable flujo. Si en vez de proceder de esta manera, considerásemos como base del ranking el conglomerado -Deuda Pública & Paro -, ambas variables tipo stock, el concurso de la miseria lo ganaría Grecia, seguida muy de cerca por Italia. España, sin embargo, estaría confortablemente acurrucada en la parte baja de la tabla, entre el Reino Unido y Alemania.

 

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Ni decir tiene que este ranking sigue siendo tramposo, pues, si bien se basa en variables stock, éstas son tan heterogéneas como las ” peras y manzanas”  y, por ello, su suma viene a ser un híbrido carente de significado preciso.  Pero, al margen de estas mascaradas, hay que agradecer a Moody’s que haya atizado el fuego de la polémica sobre las relaciones entre finanzas públicas y  desempleo, dos problemas que caminan juntos, condicionándose mutuamente para bien o para mal. ¿Debemos abandonar a los desempleados a su innoble suerte, ennobleciendo, por el contrario y gracias a ello, al erario público? ¿O debemos, más bien, combatir el paro sin nobleza, empeñando incluso joyas de la reputación de la Deuda Pública (alguna A de esa triple AAA con que se califica la deuda regia en los mercados financieros)?. Perverso dilema éste, nudo gordiano para el mejor Alejandro Magno.

Soy de los que piensan que en este monárquico país, donde algunos bobalicones todavía suspiran por los Grandes o Nobles de España, hay grandes e innobles problemas que quitan la respiración a la mayoría de los ciudadanos. Uno de éstos, no el único pero sí el más desmesurado en su innobleza, es el paro. En el Reino de España el desempleo es un patético problema, Grande entre los grandes. De ahí que haya que guillotinarlo sin que nos duelan prendas. ¿Que se nos dispara la deuda pública hasta la media europea? No será peor que el disparate de tener al 20 % de la población activa en el club de la miseria.

Puestos a situar las cosas en su lugar, ¿quién no coloca al  “empleo”  en la  categoría de noble caballero  y a la política fiscal en la de fiel y servicial  escudero?  No tergiversemos la historia. A caballo, monta el caballero, y no el escudero. Cuestión aparte es cómo tiene que ser, andar y escudar el buen escudero.

J. Tobin en Copenhague

Escrito el Diciembre 8th, 20091 comentario

 Esperemos que en la Cumbre de Copenhague, a pesar del “escándalo de los e-mails”, se imponga el buen juicio y se tomen medidas radicales contra la  desequilibrante dinámica de contaminación atmosférica, esa desbordante emisión de gases que amenaza con derretir nuestro futuro con su sombrío “efecto invernadero”. 

Atrapados

Atrapados

Y esperemos también que en alguna próxima cumbre del G -20, a pesar de la escandalosa renuencia de algunos faunos financieros, prospere la vieja propuesta (de los años setenta) de James Tobin para combatir riesgosas poluciones en los mercados de divisas, esto es, el establecimiento de un impuesto sobre las transacciones cambiarias gaseosas o especulativas.

La idea de Tobin, extendida hoy por sus partidarios- tras la crisis de las hipotecas “subprime” y su propagación internacional- a más operaciones financieras que las meramente cambiarias, guarda así cierta concordancia con lo que postulan los ecologistas, que “quien contamine, pague”.

La analogía entre la especulación financiera y la contaminación atmosférica se ha agrandado. Así, ambos fenómenos desbordan las fronteras, convirtiéndose en problemas planetarios cuya solución exige medidas comunes o compartidas. También suscitan controversias desaforadas en las que filias y fobias llevan a los argumentos hasta los confines de la falacia.

No me adentraré, hoy aquí, en esta dialéctica resbaladiza con el fin de separar las buenas de las malas razones. Sólo pretendo apelar al impuesto Tobin para socorrer un flanco débil de las estrategias ecologistas. Como es bien sabido, muchos países pobres en vías de desarrollo, o con economías emergentes (como ahora se dice) no pueden afrontar los costes de una reconversión energética que les haga menos contaminantes. Pues bien, la propuesta Tobiniana, además de echar arena a las ruedas- demasiado engrasadas- de la especulación financiera, tiene un gran potencial de recaudación de recursos que podría resolver este problema.

¿Saben ustedes que sólo en los mercados de divisas se intercambian diariamente, como promedio, cantidades que superan el trillón de dólares? ¿Y que imponiendo una tasa tan reducida como un 5 por diez mil (5 puntos básicos en el argot financiero) se podría recaudar al año más  recursos que toda la ayuda oficial que actualmente se destina a los países pobres? Este potencial recaudatorio es suficientemente probable incluso teniendo en cuenta los riesgos de evasión del impuesto y de achicamiento de su base imponible (por “efecto Laffer”).

Liberados

Liberados

¿Por qué, pues, no recurrir al impuesto Tobin en Copenhague?  Hoc tributum decet, constitueri potest, ergo constituendum est.

¿Dónde estás bendita rectitud?

Escrito el Noviembre 30th, 2009sin comentarios

Maldicen los agricultores porque sólo reciben un décimo, o menos, del precio que finalmente pagan los consumidores por sus productos. Y es que la intermediación comercial es una frondosa jungla habitada por faunos voraces.

Maldicen quienes depositan sus ahorros en los bancos y las cajas porque estas entidades les dan la mitad de la mitad de la mitad de lo que cobran por los créditos que conceden (por cierto, con harta poquedad hoy en día) gracias a sus depósitos y al dinero público que el  Banco Central Europeo les presta con un mimoso 1%. Y es que ahora el lucro de la intermediación financiera hiede como nunca.

Maldicen los mileuristas porque sus intermediarios en la gestión de la “cosa pública”, los políticos, ganan a su costa cinco veces más que ellos. Aunque “cinco veces” es un decir, pues si la incorrupta Leire Pajin no va a ganar más que 5.000 euros mensuales cuando sea senadora (sic dixit), ¿qué se puede decir de lo que ganan los políticos corruptos?

Quizás no lleguen a maldecir los creyentes ante el latrocinio de sus pastores o  intermediarios religiosos, esto es,  el robo de su conciencia bajo la amenaza de privación del “ciento por uno en esta vida” y de  expropiación del paraíso en la otra, pero seguro que muchos de ellos rezan para verse libres de tan abusivo pastoreo. ¿Será la falta de vocaciones sacerdotales la respuesta de Dios a sus plegarias?.

El fulgor de la rectitud

El fulgor de la rectitud

Bendita sea la línea recta, el camino más corto entre dos puntos, personas o cosas. Que se abracen sin alcahuetes el agricultor y el consumidor. Que el ahorro se hermane sin padrastos con la inversión productiva. Que los ciudadanos se den la mano sin guantes. Que el creyente encuentre a Dios en  su conciencia. Amen.