Desde Arranoaitz: Un abrazo, hombre aguileño
Mi hermano Alberto es aguileño, pero no sólo por conservarse afilado y en buena forma a sus 61 años, que cumple hoy, sino también porque, como a las águilas, le gustan las alturas. Esta primera fotografía, tomada en La Cruz de Legazpi el verano pasado, muestra su forma natural de estar en posiciones altas, tanto en el monte como en el trabajo, la familia o cualquier otro ámbito: de espaldas a las lisonjas del público, meditando ante el horizonte de sus responsabilidades.

Gran aficionado a la montaña, suele solazarse en las cumbres oteando paisajes naturales. Uno de sus favoritos es el que se contempla desde Arranoaitz (“Roca del águila”), lugar de visión privilegiada, ubicado en una de las cresterías montañosas que rodean el pueblo de Oñati. Desde él, un día lúcido de verano, se avista la verdosa techumbre de la comarca del Alto Deba e, irguiéndose sobre ella, al fondo, se columbran las cónicas moles del Udalaitz y el Anboto. Conociendo su predilección por este paraje, nos plugo (a sus hermanos) exhibir nuestra gozosa fraternidad también aquí, junto al pequeño monumento dedicado al ‘arrano’ (águila, en euskara), y dejar constancia de ello con esta fotografía.


MONUMENTO EN ARRANOAITZ
Esta visión aguileña de la vida suele causar vértigo, o mejor dicho, terror en personas egocéntricas que sólo piensan en sí mismas, pues les hunde en el abismo de su triste insignificancia. En cambio, reconforta y da alas a quienes albergan sentimientos solidarios, pues les hace sentirse como una parte viva y vivificante de un ‘todo’ en permanente y gratificante evolución, la humanidad. Quien ha vivido solidariamente, siente que algo de él permanece cuando muere; se siente como un participante en una carrera de relevos que acaba de entregar el testigo, satisfecho por haber contribuido a que siga la carrera, embriagado por el aroma de una victoria que huele a inmortalidad.
Lean el mensaje del águila de Arranoaitz, lean lo que está escrito en su pecho:

PLACA DEL MONUMENTO DE ARRANOAITZ
TRADUCCIÓN:
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YO MORIRÉ,
MI ALMA DESAPARECERÁ,
PERO LA CASA DE MI PADRE
PERMANECERÁ ERGUIDA.
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Me consta que a Alberto no le ataca el vértigo cuando se sienta en Arranoaitz, sino que disfruta del paisaje integrándose en él. Zorionak, hermano aguileño, por tus 61 años de solidaridad. Dejarás huella en la “Casa del Padre”.

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