ALBERTO "IN MEMORIAM"
Inserto lo que escribí sobre Alberto, atendiendo un ruego de Iban, con el fin de que el sacerdote oficiante del funeral pudiese reflejar en la homilía los sentimientos de la familia con la ayuda de este escrito. Lo hago como último suspiro.

Los familiares de ALBERTO – todos, tanto los de su familia de origen, los Villarreal Arrilucea como los de su adopción, los Urcelai Gamboa- deseamos dar testimonio en esta asamblea eucarística del legado moral que nos ha dejado a lo largo de sus 61 años de vida.
ALBERTO vivió austeramente en una sociedad que se desvive por consumir, trabajó de manera incansable, e incluso generosa, en el Grupo de Cooperativas de Mondragón durante 43 años, y se esforzó por formarse de forma continua para adaptarse a los retos profesionales de su puesto de trabajo en Ulgor. Si Ahorro, Trabajo y Educación es la trilogía en la que José María Aritmendiarreta fundamentó el movimiento cooperativo, él la hizo suya con tal entusiasmo que algunos bromeábamos diciendo que parecía el “último mohicano”, título de una famosa película sobre el ocaso del noble pueblo de indios mohicanos, para mostrar así nuestra admiración por la pureza de su espíritu cooperativista, hoy ya poco corriente.
ALBERTO practicó un solo deporte en su vida, el montañismo, deporte no envilecido por el dinero ni por la rivalidad, y donde campa el compañerismo. En la montaña reina el saludo, brota espontáneamente el diálogo y se comparte el ‘amarretako’. Solo, o en compañía de Josune y sus hijos Iban, Hirune y últimamente también Eli, se recreaba hollando, una y otra vez, las cumbres de Euskal Herria, y también algunas de los Pirineos.
Pero, sobre todo, ALBERTO fue una gozada como hijo de Patricio y Vitorina, esposo de Josune, padre de Iban e Hirune, hermano y amigo de muchas otras personas. Ha sido un privilegio haber podido disfrutar de él.
ALBERTO fue también un hombre de fe, modelado por la auténtica ética cristiana y, por lo mismo, sensible y solidario ante los problemas sociales. Era asiduo a celebraciones religiosas como ésta. Se nos dice que esta celebración, llamada Eucaristía, tiene que ser una acción de gracias al Señor de la vida y la muerte, a Dios omnipotente. Sin embargo, ante la muerte de un ser tan querido por nosotros como él, nuestro dolor no nos permite decir, o al menos decir con entusiasmo: ¡Gracias, Señor!. Esperemos que el Todopoderoso pueda también comprender nuestra debilidad y absolvernos de ella.
Días antes de afrontar la intervención quirúrgica, que finalmente no superó, ALBERTO también tuvo su tormenta espiritual (como Jesucristo en el Monte de los Olivos, antes de que le crucificaran). En medio de sus tribulaciones por la incertidumbre sobre el mal que amenazaba sus entrañas, varios de nosotros le escuchamos decir, y más de una vez, “que sea lo que Dios quiera”.
A nosotros nos cuesta aceptar “lo que ha sido”, lo que ha sucedido, lo que, al parecer, “Dios ha querido”. Aunque la fe de ALBERTO nos mueve a asumirlo, necesitamos ayuda para musitar “Amén”. Por eso os agradecemos a todos, sacerdote oficiante de esta Eucaristía y amigos, vuestra compañía, aquí y ahora. Eskerrik asko, adiskideak, por ayudarnos a celebrar esta ‘’acción de gracias’’ con serena resignación, ya que no podemos hacerlo con alegría.

Ondo ibili, Alberto.

Hola tio Jose Mari,soy tu sobrino Alberto.Acabo de leer estas reflexiones sobre tu hermano y mi tio Alberto.Nos veremos en Navidad.Un abrazo muy fuerte.