Archivo de artículos sobre ‘Reflexión’:
Escrito el Agosto 15th, 2011 por José María Pérez de Villarreal2 comentarios
En el post anterior (hace ya cuatro meses) reflexioné sobre el enfoque macroeconómico de esta cuestión. De los dos criterios apuntados, me incliné por el segundo porque resulta más equitativo que el primero al mantener la cuota de participación de las rentas asalariadas en la renta nacional representada por el PIB. Reitero brevemente el razonamiento: si la economía ha de hacerse más competitiva mediante el sacrificio o la austeridad, todos los factores que concurren en la producción de bienes y servicios (asalariados, trabajadores por cuenta propia, rentistas, capitalistas e incluso las AA. PP en cuanto receptoras directas de los impuestos sobre la producción) deberían sacrificarse proporcionalmente de modo que nadie gane a costa de otros en ese juego de suma cero que es la distribución de la renta de un país; en lo que concierne a los salarios nominales brutos (pagos a la seguridad social incluidos), esto implica que su tasa de variación ha de igualarse a la suma de la inflación de precios de producción (deflactor del PIB) y la evolución de la productividad (PIB/Empleo asalariado).
Sin embargo, no creo que vayan en esta dirección los afilados vientos desencadenados por la crisis. Me temo que se quiere recortar, como sea, la porción de tarta destinada a los asalariados. Incluso hay quien falazmente asevera que, como los trabajadores lograron mejorar su parte con reivindicaciones desproporcionadas durante la época de bonanza (1995-2007), ahora les toca moderar su gula. Pero las estadísticas del INE lo desmienten (pinchar en epígrafe “PIB a precios de mercado” y luego en Tabla 3 de “Estructura Porcentual”). En 2007 la cuota participativa de los asalariados era un 47,7%, menor que la de 1995 (48,8%). Y aunque en los primeros años de la crisis dicha cuota aumentó hasta superar ligeramente el 49%, luego (en 2010) retornó al nivel del 48%, como se muestra en la nota del Instituto Nacional de estadística anexa en el post anterior.
Decía también entonces que el otro enfoque de la cuestión es microeconómico. Se trataría de ajustar el ritmo de los salarios a la productividad de forma individualizada, empresa por empresa. Con ello se vincularían las rentas salariales con los resultados particulares de la empresa donde se trabaja, haciendo del trabajador un copartícipe de riesgos y, por ende, un colaborador más responsable y eficiente. Ni decir tiene que éste es el enfoque de moda.
La música suena divina pero el diablo puede escribir la letra. ¿Cómo se mide, y por quién, la productividad que ha de emparejarse con los salarios? Hasta ahora, en el baile de éstos con la inflación, se usa como referencia la evolución del IPC medida por el Instituto Nacional de Estadística. Así mismo, de bailar con la productividad agregada, se podría confiar en los cálculos correspondientes del INE para garantizar la neutralidad. Pero, en el caso de que los salarios tengan que enlazarse con la productividad de una empresa particular, ¿quién la mide y cómo?: ¿El Consejo de Administración o el Comité de Empresa?; ¿guiándose por la producción por empleado, o por otra definición de resultado empresarial, como margen de explotación, ebit, ebita, beneficio neto…, relativizada por el tamaño de la plantilla de trabajadores?
Sea cual fuere la variable elegida, ha de tenerse en cuenta que su nivel, o mejor dicho, su tasa de variación no depende solo del factor trabajo, sino también de otros factores concurrentes, como el stock de capital, la tecnología, la gestión empresarial etc. Hacer depender la evolución de los salarios de algo que los asalariados no controlan ni de lo que son, en muchos casos, los mayores responsables no deja de ser motivo de preocupación, de desánimo e incluso de rebeldía.
Simpatizo con la idea de que los salarios bailen ajustados (“arrimados”) a las características, circunstancias y resultados de las empresas. Pero sólo si hay transparencia y ecuanimidad, y no engaños ni abusos. Sin que los consejeros y altos ejecutivos de las empresas se sobrepasen. Que éstos se suban sus emolumentos y gratificaciones en tiempos de crisis, como muchos lo están haciendo, con la empresa chirriando en su cuenta de resultados (en gran parte por su negligente gestión) y los salarios de sus empleados congelados, es una violación de la equidad empresarial, una ruina moral, un pésimo fundamento para escapar de la crisis.
Escrito el Marzo 30th, 2011 por José María Pérez de Villarrealsin comentarios
¿Con cuál de las dos variables, inflación o productividad, han de emparejarse los salarios en los nuevos tiempos? He aquí una cuestión que está haciendo hervir la opinión pública y también las negociaciones sobre la reforma de los convenios colectivos en que están inmersos los sindicatos y la CEOE. El Pacto del Euro, muñido por Merckel & Sarkosy, condena a los salarios a bailar con la productividad, divorciándolos de su tradicional vinculación con el IPC (índice de precios de bienes y servicios de consumo). Pero, ¿en qué consiste exactamente este nuevo baile y qué se pretende con él?

Respecto al objetivo, no parece haber dudas: con un ceñido emparejamiento de salarios y productividad se intenta favorecer la competividad de las empresas. Como este cambio de parejas no garantiza a los asalariados mantener su poder adquisitivo, se endulza la propuesta arguyendo que una mayor competitividad provocará más ventas, más producción y por ende más empleo. En definitiva, se promete más puestos de trabajo futuros para las personas paradas a cambio de que las empleadas pierdan poder de compra. Promesas remotas e inciertas a costa de sacrificios inmediatos y ciertos. Me pregunto si es equilibrado, por no decir justo, este intercambio cuando escasea la confianza y abunda el cinismo.
Menos clara es la vinculación concreta a establecer entre salarios y productividad. Hay dos enfoques para ello, ambos cuestionables: uno macroeconómico, asociando la evolución de los salarios pagados por las distintas empresas de un país al ritmo de variación de un agregado nacional que represente la productividad, y otro microeconómico donde esta asociación se haga individualmente, empresa por empresa. Como es bien sabido, la tradicional ligación entre salarios e inflación ha sido de índole macroeconómica ya que las variaciones salariales se han anclado en la inflación IPC, que es una variable agregada nacional, medida y hecha pública oficialmente por el INE.
Un criterio macroeconómico puede ser el ajuste de los salarios nominales al ritmo de variación del cociente PIB real /empleo asalariado. Con ello se lograría estabilizar los costes laborales unitarios (CLU), es decir, el cociente entre costes laborales (salario medio x nivel de empleo asalariado) y PIB real, eliminando de esta manera un factor inflacionista interno o nacional. Ahora bien, según las estadísticas del INE sobre la distribución funcional de la renta nacional en el año 2010, los costes laborales suponen, aproximadamente, el 48 % del valor de la producción interior bruta, mientras que el excedente de explotación empresarial más las llamadas rentas mixtas se llevan el 43% y los impuestos indirectos netos de subvenciones el restante 9%. Por lo tanto, disciplinar los salarios de esta manera, sin controlar también las evoluciones del excedente y de la imposición fiscal indirecta, no es suficiente para mantener baja la inflación interna (medida por la tasa de variación del deflactor del PIB) y, de esta manera, ganar competitividad exterior. Además, ello conllevaría un proceso de reparto del PIB manifiestamente injusto, ya que con él se mermaría la cuota participativa del factor productivo menos culpable de la crisis (el factor trabajo).

Otro criterio macroeconómico para vincular salarios con productividad, que resulta socialmente más justo por no alterar la distribución funcional de la renta, consiste en ajustar la evolución del salario nominal a la del valor de la productividad agregada, es decir, P x (PIB/empleo), donde P es el deflactor del PIB (índice de precios de los bienes y servicios producidos en el interior de la economía). En este caso, la regla sería igualar el ritmo de variación de los salarios nominales a la suma de la inflación, medida por el deflactor (P), y la tasa de variación de la productividad. Como el deflactor P y el IPC son índices de precios distintos, puede suceder que esta forma de disciplinar los salarios lleve a los asalariados a perder poder adquisitivo, pero al menos, en conjunto, conservarían la porción, que actualmente se llevan, del valor de la producción del país, tanto si este valor aumenta (en periodos de bonanza económica) como si disminuye (en épocas de crisis). ¿No es ésta una forma más equitativa de fomentar la competitividad de la economía? Sin embargo…
(Continuará)

Escrito el Marzo 2nd, 2011 por José María Pérez de Villarreal12 comentarios
La economía de Euskadi, con un sistema productivo regenerado en gran medida tras las crisis de principios de los años ochenta y de los noventa, chirría con la crisis actual, aunque no tanto como sucede en otras zonas. Su estructura económica, menos sesgada hacia el sector inmobiliario y más hacia el comercio exterior, así como un sector público poco endeudado y unas cajas de ahorro razonablemente solventes, están evitando que el deterioro sea mayor. A esta conclusión, más o menos matizada, abocan los distintos análisis de situación que se han hecho sobre la economía vasca.
Pero el consuelo por “estar menos mal que otros” tanto en flujos económicos (internos y externos) como en stocks de capital físico, humano, y tecnológico no debería adormecer nuestra preocupación por el alcance futuro de las fortalezas y debilidades actuales de la economía vasca. Como se ha evidenciado con la génesis y el desarrollo de la crisis que padecemos, la economía es muy dinámica, compleja, resbaladiza y socialmente impactante, y por ende todos (no sólo las AA.PP, y los agentes sociales, sino también los ciudadanos), en mayor o menor medida según las responsabilidades, deberíamos estar vigilantes y ser diligentes.
Las redes sociales (Internet) están ganando en importancia como medios de concienciación y participación colectivas. Lo que está ocurriendo en el Norte de África no se explicaría sin el concurso de los internautas. Por eso creo que es oportuna la iniciativa que el Gobierno Vasco, a través de las sociedades Ihobe e Innobasque, ha puesto en marcha para suscitar debates y recoger sugerencias en las redes sociales sobre Ecoeuskadi 2020, un plan estratégico para el desarrollo sostenible de Euskadi .
Se me ha invitado a leer uno de los apartados de este documento, el titulado “Modelo productivo, empleo y competitividad”, y a airear, como bloggero, lo que su lectura me suscita razonablemente. Encuentro que hay dos mensajes centrales, ya algo tópicos, que fluyen por esta trilogía asentada en estadísticas. El primero se resume así: para potenciar la competitividad de las empresas vascas es necesario aumentar su productividad, lo que supone, entre otras cosas, que nuestro modelo productivo sea más intensivo en conocimiento, es decir, en I+D+i y TICs, apuntando este reto a los centros de investigación y universidades tecnológicas y a la necesidad de emplear cada vez más trabajadores altamente cualificados. El segundo mensaje es que la competitividad buscada ha de respetar ese código de conducta que se llama Responsabilidad Social Corporativa, dentro del cual destaca el respeto al medioambiente, para lo que se precisa una nueva política energética intensiva en energías limpias o renovables y ahorradora de recursos emisores de CO2. A tenor de los datos que se aportan en el documento, parece evidente que en Euskadi se necesita luchar en ambos frentes, el tecnológico y el ecológico.
Muchas son las cuestiones que me suscitan estos mensajes. Empezando por el reto energético, me pregunto hasta qué punto la escalada del precio del petróleo (y ¿del gas?), provocada por las revoluciones políticas que se extienden por el norte de África, mermará la competitividad exterior de muchas empresas vascas que dependen de esta fuente de energía. Asimismo, dada la renuencia de la sociedad vasca por la energía nuclear, e incluso por los parques eólicos, y a la vista de la pobre política energética del Gobierno español, generadora de tanta incertidumbre regulatoria, cabe preguntarse cómo evitar que empresas como Iberdrola, Iberdrola Renovables y Gamesa se marchen a otros países para desarrollar sus proyectos más avanzados?. ¿Cómo se podrían aminorar estos riesgos desde el Gobierno Vasco y las Diputaciones?. ¿No se puede impulsar una fiscalidad verde más incisiva?. ¿Hay margen para estimular más el ahorro energético y la educación ciudadana en el uso del transporte y la energía residencial?. ¿Cuenta Euskadi con infraestructuras de transporte adecuadas (carreteras, ferrocarriles etc.) para lograr más ahorros energéticos y reducir los riesgos ecológicos?. ¿Cómo, bajo este cúmulo de circunstancias, podemos aspirar desde Euskadi a cumplir los objetivos 20-20-20 de la UE?
Respecto al objetivo de aumentar la productividad, es obvia la enorme importancia que tiene el eje tecnológico, pero también me pregunto si no se descuidan otros ejes virtuosos, asimismo importantes. Se apela a la necesidad de modelos productivos intensivos en conocimiento, pero éste no debería limitarse a “saber hacer cosas”, sino que cada vez más, en sociedades abiertas, dinámicas y complejas, es necesario “saber relacionarse y comportarse”. Es lo que se entiende como educación “informal” (la no reglada y que no está formalizada en títulos), y que consiste en enseñar y aprender a ser sociable, a tener iniciativa, a participar y colaborar, a ser puntual, leal, exigente con uno mismo, no absentista, cuidadoso con la salud… y otros valores. Cuantas horas de trabajo se pierden por fricciones entre compañeros, problemas de coordinación, impuntualidades (con listas de espera), bajas por malestares soportables y enfermedades evitables etc. Es indudable que este tipo de aprendizaje se puede hacer también fuera de los centros educativos, pero durante los largos años de estudios medios y superiores hay infinitas oportunidades para enseñar y aprender esta otra rama del saber tan poco valorada (oficialmente) pero enormemente productiva. ¿Se cultiva esto en las escuelas, los institutos y las universidades? Tengo mis dudas.
Retornado a la productividad vía tecnológica, me pregunto si las nuevas tecnologías se pueden implantar y difundir sin el concurso de los jóvenes. Es difícil para trabajadores maduros (de cierta edad) asimilar la revolución tecnológica en curso y atender las exigencias (lengua extranjera, desplazamientos) de las nuevas formas de organización empresarial. Los jóvenes están más preparados para ello y sin embargo no pueden acceder al mercado de trabajo por distintas causas. ¿Resuelve la reforma laboral en curso este problema?. ¿Basta con el fomento de las contrataciones a tiempo parcial?. ¿Favorece la actual reforma de las pensiones el relevo generacional al prolongar la vida laboral de los trabajadores maduros y dificultar las jubilaciones anticipadas?. Tengo también mis dudas.
Ni decir tiene que la elevación de la productividad y competitividad de nuestras empresas pasa también por elevar la productividad o eficiencia de las AA.PP vascas. Las inversiones públicas en infraestructuras (viarias y demás) inciden en la productividad y ahorro de costes del sector privado. Lo mismo cabe decir de los servicios educativos, de salud, de justicia, de orden público, etc. Todos inciden directa o indirectamente en la productividad de los agentes privados. Esto es evidente, como lo son las grandes dificultades burocráticas que con frecuencia afrontan las empresas y que suponen costes nada despreciables. ¿Esta bien conformado el sector público en Euskadi?. ¿Hay ineficiencias evitables?. ¿Es demasiado costoso para los servicios que presta?. Hablar de modelo productivo de Euskadi sin tener en cuenta la productividad y eficiencia del sector público vasco me parece un ejercicio alicorto.
Obviamente me quedan más reflexiones por hacer y más cuestiones por plantear. Por ejemplo, discutir el Pacto de Competitividad que Merkel y Sarkozy pretenden imponer en la UE y su posible incidencia en Euskadi, o especular sobre lo que va a hacer ese Consejo Empresarial para la Competitividad que la semana pasada (22 de febrero) se presentó oficialmente en Madrid. Quizás lo haga otro día, pero doy la bienvenida a quienes se adelanten.
Escrito el Enero 30th, 2011 por José María Pérez de Villarreal3 comentarios
Quien guste de bucear en las profundidades del alma humana tiene una buena oportunidad de hacerlo viendo la película de Xavier Beauvois, “De dioses y hombres”. Absténganse, sin embargo, los ‘comecuras’ recalcitrantes y los cinéfilos superficiales, pues, de verla, los primeros vomitarían al ingerir un cine demasiado extraño para sus prejuicios mientras que los segundos se aburrirían ante una exploración antropológica que, por mor de exquisitez, prescinde del frenesí de la acción y de la aparatosidad de los efectos especiales.

La película recrea, con razonable fidelidad histórica, el clima de tensión bajo el que vivieron los religiosos trapenses del monasterio de Nuestra Señora del Atlas en Tibhirine (Argelia) desde el otoño de 1995 hasta la noche del 26 a 27 de marzo de 1996 en que siete de ellos fueron secuestrados por los GIA (Grupos islámicos Armados). Posteriormente, en mayo de ese mismo año, fueron degollados, pero Beauvois no llega a filmar este cruel desenlace. Se limita a despedir esta estremecedora historia con una visión de los monjes en penoso ascenso por una ladera nevada, ateridos de frío y escoltados por sus secuestradores, caminando a trompicones y desapareciendo lentamente entre la nebulosa oscuridad de la noche. Aunque el director francés no hace proselitismo religioso, esta escena final quizás suscite en algunos espectadores la evocación del ‘via crucis’ de Jesús de Nazaret, custodiado por esbirros, tropezando y cayendo una vez tras otra en su dolorosa subida al Gólgota.
El filme comienza mostrando, con acertada parsimonia, la forma de vida (“ora et labora”) de los monjes en comunidad, así como su convivencia abierta, servicial y respetuosa con el pueblo berebere de Tibhirine, hasta que el degüello de unos extranjeros por un grupo de fanáticos islamistas hace que aletee el miedo entre ellos. Por otra parte, el Gobierno argelino les presiona para que se vayan, deviniendo la presión en amenaza cuando un jefe militar empieza a sospechar que pueden tener algún tipo de connivencia con los terroristas. Beauvois hace repicar sus conciencias ante el dilema de volver a Francia (su país de origen) por seguridad o permanecer en el monasterio para seguir ayudando a sus convecinos musulmanes. Los monjes dialogan entre sí, mostrando dudas y estados de ánimo dispares. También comparten sus temores con sus amigos bereberes. Bellas metáforas ornan las conversaciones que mantienen con éstos en sus casas. “Nos sentimos como pájaros asustados que dudan entre echarse a volar o quedarse en la rama”, confiesa un monje. “¿Y qué será de nosotros si os marcháis?; vosotros sois nuestra mayor garantía ante esos desalmados”, le contesta un beréber. “Sois la rama donde nosotros nos apoyamos”, apostilla su mujer. (más…)
Escrito el Diciembre 19th, 2010 por José María Pérez de Villarreal3 comentarios
Me ha conmovido vivamente la muerte de Mª Jesús. Muchos y agradables son los recuerdos que hacen pervivir en mi el gran aprecio que he sentido por ella. Pero de las muchas veces que nos encontramos, conversamos e incluso colaboramos solo evocaré dos: la última vez en que la abrace y la primera en que la conocí.

Hablé con ella por última vez en Donosti, en septiembre del 2004, tras el acto de apertura de las XIII Jornadas de la Asociación de la Economía de la Educación. Mª Jesús era cofundadora de esta asociación, había sido presidenta durante algunos años y posteriormente siempre animó sus actividades, de ahí que, ya de ministra de educación, acudiese a estas jornadas para realzarlas. Como socio que era desde casi diez años, yo también asistía para participar en algunas sesiones y presentar una comunicación. Recuerdo que, zafándose del protocolo y de su guardia pretoriana, me dedicó unos instantes para interesarse por mí y quizás para darme la oportunidad de desearle buena suerte en su nueva y riesgosa aventura (llevaba solo unos meses en el cargo). Recuerdo que musité este deseo en su oído mientras le abrazaba.
La primera vez que la conocí fue en Sarriko, en la aula IV de la Facultad de CC.EE, una mañana de otoño de 1976. Recuerdo bien aquella clase en que, tras preguntar en vano a la masa de estudiantes si había algún voluntario para resolver un problema en la pizarra, la elegí a dedo bajo un sonoro “Usted”. Yo era entonces un ardoroso profesor de “Introducción a la Economía”, que iniciaba su carrera académica, y ella una atenta alumna de primer curso que solía sentarse en primera fila. Me sorprendió tanto la facilidad y la pulcritud con que hizo el ejercicio que me quedé observándola con admiración mientras retornaba a su asiento. Todavía tengo su imagen gravada en mi memoria: vestía pantalón vaquero y chaquetilla roja. Años después, ya de colegas, bromeando sobre este episodio, ella me recordó que el ejercicio de clase giraba sobre la “paradoja de la austeridad”.
Para quienes no lo sepan, esta expresión se refiere a un fenómeno económico observado en algunos países en tiempos pasados. Consiste en que, tras implantarse modas o medidas estimulantes del ahorro, la sociedad termina ahorrando menos. La explicación estriba en que la caída del consumo (por pretender ser más austeros) va seguida de reducciones en la producción y renta, que a su vez inducen un menor ahorro (por tener menos renta para ahorrar).
Quisiera haber tenido la oportunidad de volver a preguntarle ahora sobre este mismo tema, aunque revestido de actualidad. En especial, habría sondeado su opinión sobre si la política de austeridad que se ha impuesto hoy en día en España va a llevarnos finalmente a ahorrar más reduciendo nuestro abultado déficit público, o por el contrario, va a agravarlo por la merma de recaudación fiscal que puede conllevar el bajo crecimiento del PIB inducido por los recortes de gasto. Sí, me hubiera gustado saber qué pensaba sobre la cuestión de si hay o no, aquí y ahora, riesgo de emergencia de otra “paradoja de la austeridad”. Pero ya no es posible recrear la clase de aquel día de otoño de 1976.
Si la política pisoteó su sapiencia, al ser cesada en el cargo de ministra prematuramente (a los dos años), la muerte no ha sido menos zafia e intempestiva al privarle de su enorme vitalidad a los 52 años.
Goian bego, María Jesús
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