Archivo de artículos sobre ‘Reflexión’:

Sobre la especulación y sus engendros

Escrito el Febrero 20th, 2010 por José María Pérez de Villarreal1 comentario

La especulación suele tener mala prensa o fama y, según algunos, también anida en cierta prensa mala o torticera. A veces es tan denostada que la gente termina creyendo que es el enemigo público ‘number one’. Como ha ocurrido hace un par de semanas, tras esa ovulación especulativa  de los diarios The Economist, Financial Times y The Wall Street Journal que, al alertar contra los PIGS (despectivo acrónimo con que determinados medios anglosajones agrupan a Portugal, Italy, Greece and Spain), ha engendrado temores de que el euro se derrumbe afectado por una nueva especie de gripe porcina, a saber,  la insana política económica de tales países . 

¿Es  justa la mala fama de la especulación?

En principio, no. El termino especular viene del verbo latino ‘speculor’ que significa mirar, observar, atalayar… el futuro. Especula quien desde la atalaya informativa del presente previene el porvenir. La especulación suele ser activa, y no sólo contemplativa, conllevando actuaciones que permitan aprovechar oportunidades o eludir riesgos previstos para el futuro. Al programar nuestra vida en sus distintas vertientes, familiares, laborales, personales etc., todos especulamos en este sentido. Prepararse para un futuro que se ve venir no deja de ser tan natural como respirar. En el mundo financiero,  si toda la información relevante fluyese de forma transparente  y se procesase eficientemente,  la especulación sería atinada y estabilizadora.

 avesolitaria

Pero, así como la respiración puede malograrse por contaminación del aire  o por fallo de los pulmones, llegando incluso a ocasionar la muerte, la especulación también puede ser defectuosa y contraproducente porque la información sobre la que se basa es deficiente o porque es procesada ineficientemente, o por ambas causas. En los mercados financieros esto ocurre no pocas veces. La información que fluye con tanta rapidez hoy en día, gracias a Internet, no siempre es limpia y muchos de quienes la recogen y usan no están bien formados, abundando los adictos al rumor. En este turbio contexto la especulación suele engendrar precios disparatados.

¿Existen conspiraciones especulativas contra un país o una divisa?

Tanto como conspiraciones, creo que no. Pero sí se producen a veces estampidas especulativas provocadas por opiniones frívolas de personajes célebres o de editoriales de prensa afamada. En la Bolsa, y en los mercados financieros en general, se suele observar algo así como  un “efecto rebaño”. Muchos inversores, e incluso analistas financieros, se dejan guiar por determinadas agencias de valoración y grupos de opinión. Domina el corto plazo y se impone la hiperactividad. Las prisas son enemigas de las ideas propias, meditadas y sensatas (pues cuesta tenerlas) y resulta más fácil y rápido orientarse por las ajenas. Desnudos de opinión propia, pacen en los mismos pastos, engullendo la misma información, con los oídos prestos a escuchar cualquier rumor  o noticia extravagante que les dé de comer, pues creen que los primeros en reaccionar ganan y que “tonto el que no corre”. Como en las películas del oeste, basta un disparo en la noche para que la manada corra en estampida.

 rebano-humano

Algo de esto creo que ocurrió hace unas semanas con las chirriantes voces sobre el “riesgo país” de España y  la salud del euro. Cualquier observador sensato de la economía española y de la UME puede atisbar serios problemas en ambas, pero no tan graves, al menos de momento, como el naufragio del euro y de la deuda pública española. ¿Gripe PIGS?. Sí, claro, pero tan incidente como la cacareada gripe A. Y con respecto a la deuda del Tesoro Español, ¿no es realmente ‘freaky’ decir, como se ha dicho, que su solvencia, hoy en día, es menor que la del Banco Santander o la del BBVA?. Sólo la frivolidad puede alumbrar estos engendros.

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Lo malo de nuestra buena esperanza de vida

Escrito el Febrero 6th, 2010 por José María Pérez de Villarrealsin comentarios

“No hay mal que por bien no venga”, sentencia el optimismo. En una versión pesimista, el refrán diría algo así como que no hay bien que esté libre de mal, o que todo gozo tiene su pozo.

Por ejemplo, fíjense en cómo celebran algunos agricultores las buenas cosechas. En vez de alegrarse por su abundancia, se suelen quejar, e incluso muestran su malestar arrojando a la basura parte de lo cosechado. Esta paradoja se explica por la rigidez de la demanda de determinados bienes agrícolas. Cuando en un mercado la demanda es muy rígida, los oferentes tienen que aceptar drásticos recortes de precios si desean vender ingentes cantidades de un bien perecedero en un plazo, obviamente, corto. Es el caso de los agricultores. Los precios de sus productos descienden tanto cuando las cosechas son generosas que sus ingresos menguan aun cuando vendan más cantidad. De ahí su descontento, y su reacción de destruir mercancía para hacerla más escasa.

Thomas_Malthus

Hace dos siglos Thomas R. Malthus alertó contra la abundancia de otro tipo de cosecha, la de la natalidad o reproducción humana, enfriando la alegría que las familias suelen tener, expresar y compartir por traer vástagos a este mundo. En su “Ensayo sobre el principio de la población” advirtió que la población del planeta crecía en progresión geométrica, mientras que los medios de subsistencia (hoy diríamos el PIB) aumentaban sólo en progresión aritmética, de modo que la humanidad se encaminaba, vía empobrecimiento de sus habitantes, hacia conflictos sociales y guerras de supervivencia. La visión Malthusiana invitaba a guardar luto por la desbocada tasa de natalidad.

En nuestros días nos amenaza otra exuberancia demográfica, esta vez en el otro extremo de la vida, en la tercera edad. Sea por una mejor nutrición, un mejor sistema sanitario o por cualquier otra causa benefactora, el caso es que cosechamos cada vez más años, abundando en longevidad. Nuestra esperanza de vida crece dentro de una tendencia secularmente alcista, y aumenta relativamente la población senior. Deberíamos alegrarnos ante la expectativa de vivir más, pero sin embargo la sociedad no parece festejarlo. Zozobran las cuentas de la Seguridad Social (SS) y la aritmética de nuestro sistema de pensiones muestra signos desagradables. El Gobierno ‘rompe y rasga’ la quietud social amenazando con medidas impopulares. Los trabajadores en activo protestan ante la perspectiva de tener que seguir faenando más allá de los 65 años, o cotizar más a la SS, o recibir menor pensión cuando se retiren,  mientras que muchos de lo ya jubilados, ante la oleada de protestas, se sienten incómodos pensando que es por ellos, por su larga vida, por lo que braman descontentas las nuevas generaciones, la de sus hijos y nietos.

El alargamiento de la vida, que en principio debería ser un motivo de gozo, se está convirtiendo, según algunos aguafiestas neo-Malthusianos, en un pozo sin fondo donde se hunden las finanzas públicas. Hay profecías catastróficas para dentro de veinte años, o incluso antes. Menos mal que las del propio Malthus no se cumplieron y este fracaso nos da ahora un poco de esperanza frente al alarmismo de sus discípulos. El demógrafo y economista ingles no previó el progreso tecnológico que iba a florecer tras su muerte, elevando la productividad de la mano de obra hasta niveles insospechados, ni imaginó que la tasa de natalidad se iba a moderar por la educación de la mujer. Ambos fenómenos neutralizaron las alarmas.

ancianos

Sin negar cierta razonable preocupación por la viabilidad futura de nuestro sistema de pensiones, hay que rebelarse ante el catastrofismo. Tengamos fe en que el progreso tecnológico incremente de nuevo la productividad de nuestros recursos activos permitiendo sostener niveles de vida decorosos para la creciente población pasiva. Y apostemos también por la “educación en valores” de nuestra sociedad, valores como la regeneración de nuestra democracia, la limpieza en la política, la eficacia de nuestras instituciones, la sensatez de nuestros sindicatos, la responsabilidad social de nuestras empresas, el amor al trabajo bien hecho, la solidaridad intergeneracional y la austeridad en el consumo, en especial, en ese que tanto abunda,  el superfluo. El ahorro personal que esto último supondría, bien gestionado a través de fondos de pensiones privados u otros vehículos financieros, sería la respuesta preventiva y corresponsable ante la mayor esperanza de vida.

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Economía sostenible y Universidad

Escrito el Febrero 1st, 2010 por José María Pérez de Villarrealsin comentarios

En el Anteproyecto de Ley de Economía Sostenible aprobado por el Gobierno español se apela al sistema educativo, y dentro de él a la Universidad, como un elemento básico del nuevo modelo económico que se pretende promover. En el Título II, dedicado a la Competitividad, se concreta esta apelación. Para ser más competitivos- se alega- hay que investigar, transferir conocimientos e innovar aplicando en las empresas nuevas tecnologías. Y así, en el Capítulo VI se establecen la líneas maestras para potenciar la Ciencia y la Innovación y en el Capítulo VIII se recogen medidas para mejorar la Formación Profesional. Sin embargo, poco, o nada, se dice sobre la formación universitaria, quizás porque el Gobierno piensa que en este campo son ya suficientes los cambios que se han introducidos, o están en fase de introducción, por mor del “Plan Bolonia”, que, como se sabe, ha alumbrado finalmente un Espacio Europeo de Educación Superior (EEES).

Nada que objetar sobre este silencio del anteproyecto  si nuestro sistema de Educación Superior se hubiese ya rediseñado y relanzado adecuadamente con motivo del EEES, es decir, si con la oferta y la estructura de las nuevas titulaciones universitarias, y sobre todo con los nuevos métodos de enseñar y aprender, se propiciase realmente que nuestra economía se torne más competitiva y sostenible. Porque disponer de profesionales diligentes y bien formados en economía, ingeniería, derecho, medicina etc. sigue siendo (nunca ha dejado de serlo)  un factor clave de competitividad. El “trabajo bien hecho” hace milagros. Sin menoscabo del factor tecnológico, hay que seguir reivindicando el concurso del factor humano. 

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Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones Boloñesas, albergo serias dudas sobre el desempeño de nuestras instituciones universitarias en el campo de la formación, al menos si no cambian ciertas pautas. Una de éstas es la valoración asimétrica de las dos actividades básicas del profesor universitario, la investigación y la docencia. El sistema de valoración y promoción del profesorado incentiva fuertemente la primera y apenas premia la segunda. Si para iniciar una carrera académica se exige impartir docencia, para prosperar en ella (lograr una cátedra, por ejemplo,) ya no se requiere ser un buen docente, y a veces ni tan siquiera enseñar, bastando con ser un acreditado investigador. De hecho, se piensa en premiar a los buenos investigadores liberándoles de las “cargas” docentes, como si la docencia fuese una penalidad, un estorbo para lograr la excelencia académica. Más que “enseñar al que no sabe” se valora el ser elogiado por el que sabe, o en otras palabras, ser aprobado, reconocido y citado por la comunidad científica. Así están las cosas. O peor aún, si se tiene en cuenta la lucrativa mercantilización de algunas actividades de la investigación aplicada. 

En este contexto es normal que los profesores, salvo excepciones, tiendan a zafarse de las penosas cargas docentes en busca del prestigio académico (y ¿del lucro económico?) que da la investigación. Por eso dudo de que en las nuevas titulaciones y en los nuevos planes de estudio predomine lo que conviene a los estudiantes (una diligente formación) sobre lo que interesa a los profesores  (que sea lo menos cargante posible). Y ¿qué decir de los nuevos métodos de enseñanza y aprendizaje que se predican?. Que, siendo tan costosos en tiempo y dedicación, serán burlados por lo profesores, si no se pone algún remedio. No me imagino a lo profesores, tan presionados para investigar, enredándose con tutorías de tantos y tantos estudiantes, supervisando con cuidado sus trabajos y ejercicios en procesos de evaluación continua, interactuando dialécticamente con ellos…

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No se me entienda mal. Soy partidario de la investigación universitaria. ¿Cómo no serlo? Pero creo que no ha de fomentarse a expensas de la formación de los estudiantes. Investigación sí, pero educación también. No soy partidario de que los nobles académicos sólo se luzcan en los congresos científicos sin dar luz en las aulas. ¿Tiene sentido que una Universidad albergue grupos potentes de investigación si ésta no se filtra hasta sus propias bases, regándolas y haciéndolas crecer como principales beneficiarias? Ante el dilema de dedicar esfuerzos a la investigación o a la docencia, algunos suelen pregonar: ¡A investigar, a investigar!, que un buen investigador mejora también como docente. No lo dudo. El problema es que desee enseñar, hacer aprender y evaluar a los estudiantes, aunque su descenso al infierno de las aulas le reste tiempo, confort e incluso dinero.  

Dudo que nuestra economía mejore sosteniblemente sin el sostén (valga la redundancia) de una mejor formación universitaria. Espero que el Ministro Gabilondo, que parece sensato, logre la convergencia entre las dos carreras: la del profesorado hacia la excelencia y la del alumnado hacia una buena formación.  

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Frente al Absurdo

Escrito el Enero 17th, 2010 por José María Pérez de Villarreal4 comentarios

Como muchos otros, supongo, he evocado durante estos días los pensamientos de Albert Camus, muerto absurdamente en un accidente de tráfico hace cincuenta años (el 4 de enero). Su influencia en la juventud de las décadas de los sesenta y setenta fue enorme. Y todavía perdura. ¿Acaso no es Camusiana la rebeldía de Greenpeace en Copenhague exhibiendo el lema “Los políticos hablan, los líderes actúan” para protestar contra la pasividad, e incluso complicidad, de los Gobiernos ante la peste ecológica que se avecina? 

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Camus reflexionó sobre la ‘condición humana’, diagnosticando su ‘absurdidad’: nuestra existencia carece absolutamente de sentido, de modo que -escribe textualmente- «juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía». Hombre auténtico es el ‘hombre absurdo’, aquel que es consciente de los límites de su existencia (no hay un “más allá” religioso ni un “más adelante” marxista) y es sensible ante ello. Como lo es Sísifo en la mitología griega, a quien los dioses, enojados por su astucia, castigan con la ceguera y la carga de una enorme piedra forzándole a caminar montaña arriba hasta la cima en un viaje inútil e incesante, pues, una vez en la cumbre, no puede evitar que el peñasco se deslice cuesta abajo hasta el valle, sintiendo el vértigo de tener que repetir la ascensión una y otra vez, a perpetuidad.

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Una posible actitud ante la absurdidad es su aceptación individual, pasiva e indiferente. Como la del protagonista de la novela El Extranjero, el Sr. Meursault, quien, llevando una vida absurda (al vaivén de la indiferencia, sin valores) y tras ser pillado en un crimen absurdo (cometido “por causa del sol”), asume, con escepticismo y en soledad, una sentencia de muerte absurda (basada más en la forma de ser del reo que en el crimen) y dictada por un Tribunal de Justicia absurdo (cargado de convencionalismo y prejuicios culturales). Camus escribe: «En nuestra sociedad, un hombre que no llora en el funeral de su propia madre corre el peligro de ser sentenciado a muerte…». Meursault, apellido que parece compuesto de meurtre–saut (salto al homicidio), representa al antihéroe.

Por el contrario, héroe es el ‘hombre rebelde’, el que se rebela ante el Absurdo y lucha activamente contra él aun sabiendo que no podrá derrotarlo, el que no se suicida aunque sabe que su vida no tiene sentido, el que no se desespera a pesar de no tener esperanza. Con su rebeldía, el hombre puede ser admirable en un mundo despreciable. Esta ética de acción propuesta por Camus alcanza su mayor coherencia cuando se practica solidariamente, cuando las víctimas del Absurdo se rebelan y luchan contra él sin convertirse en verdugos de otras víctimas. Como lo hace el variopinto grupo personas que bajo el liderazgo del Doctor Rieux se subleva contra la absurda epidemia (pues viene como se va, sin sentido) que asola Orán en la novela La Peste. Un grupo de civiles (no hay políticos, ni militares) que busca la paz por medio de la simpatía (según palabras de Tarrou a Rieux), a pesar de ser conscientes de que «el bacilo de la peste no muere ni desaparecerá jamás»…, que puede llegar un día en que la peste vuelva, «despertará a sus ratas y las enviará a morir en cualquier ciudad feliz». Con estas frases termina la novela.

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La rebeldía y la lucha en que piensa Camus no es violenta, pues si lo fuera crearía víctimas y por tanto no sería solidaria. La violencia ejercida sin razón (la de un loco, por ejemplo) es per se absurda, pero la que se practica en nombre de alguna causa o razón también es absurda, porque en un mundo sin sentido, a la deriva, no hay fundamento para nada, ni para la violencia ni incluso para la solidaridad. Si esta última surge, es también por nada, por pura gratuidad de un ser que se siente absurdo pero libre, que no tiene quien le salve pero tampoco quien le ate y condicione. La libertad es la miel de la absurdidad, su único consuelo. Aunque Sísifo sufra al ser consciente de su esfuerzo inútil e interminable, también sabe que el pedrusco es suyo y sólo suyo. Por ello, «debemos imaginar a Sísifo dichoso» – escribe Camus.

Camus rechaza las ideologías cargadas de sentido metafísico y moral, porque, a su entender, son falacias interesadas. Y se rebela contra los sistemas políticos, institucionales y religiosos donde se instalan, porque devienen en impostores, cómplices de la Peste, explotadores de la persona humana. No extraña, pues, que se declarase ácrata y ateo.

Como he advertido al comienzo, muchos le consideran el padre de los movimientos sociales y las organizaciones no gubernamentales, las ONGs, que representan en nuestros día el contra-poder, o mejor dicho, el poder civil ante la corrupción (¡vaya peste!) de los partidos políticos y por ende de los Gobiernos. A pesar de su ateísmo, sus pensamientos han ayudado también a muchos teístas a depurar sus creencias, a rechazar dogmatismos y doctrinas religiosas enemigas de la dignidad y la libertad del ser humano, y a rebelarse  contra jerarquías sencillamente absurdas (no puedo evitar mencionar el caso Munilla). Hoy hay muchos cristianos rebeldes por la gracia de pensadores como Albert Camus. Los jerarcas de la Iglesia Católica deberían recordar más a menudo que Jesucristo fue un rebelde ante el sistema social y religioso de su época y que, como Meursault en El Extranjero, fue condenado a muerte, no por criminal, sino por escandaloso.

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Camus

 Se puede no estar de acuerdo con la visión metafísica del hombre, y de la humanidad, que Albert Camus nos muestra en sus escritos, y al mismo tiempo  simpatizar con sus propuestas éticas de rebeldía, libertad, solidaridad y simpatía con nuestros semejantes. Es mi caso. Encuentro en su filosofía buenas razones, pero no la Razón (quizás porque siendo coherente ni la busca ni la da). O en otras palabras, miro al mundo desde el balcón de sus pensamientos y observo muchos, muchísimos absurdos, pero no veo el Absurdo. A pesar de ello,  en el tren de la vida, mientras viajamos, le quiero como compañero, aunque nuestras estaciones de partida y de llegada no sean las mismas.

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Tiempos para la elegancia

Escrito el Diciembre 30th, 2009 por José María Pérez de Villarreal1 comentario

Buenos tiempos estos de Navidad y Año Nuevo, aunque sólo lo sean porque propician nuestra elegancia. No en el sentido banal de refinar nuestros modales y apariencia, sino en otro más profundo y humano.

En estas fechas, más que en otras, las tradiciones familiares y las convenciones sociales nos empujan a elegir: jugar o no a la lotería, y dónde; felicitar o no las fiestas, y a quién; regalar o no cosas, y qué; evadirse o no de los familiares, y cómo; hartarse de viandas o dar de comer al hambriento; prevenir la mordida del IRPF o resignarse ante las fauces del fisco; mirar hacia atrás, al viejo año, o hacia delante soñando con el nuevo, etc. etc. 

Especialmente costumbrista es esto último. El tránsito del año viejo al nuevo suele emborracharnos con nostalgias y esperanzas. Repasamos los hechos relevantes del tiempo que se ha ido y soñamos con lo que nos puede deparar el porvenir. Nos acostamos haciendo balances del pasado y nos despertamos acariciando presupuestos del futuro. El dicho popular “Año nuevo, vida nueva” sugiere que en nuestro estado de animo terminan dominando los deseos de cambio sobre la inercia, la actividad sobre la pasividad, el movimiento sobre la muerte.

Sentir el pulso del tiempo, de forma tan especial, es un regalo de Navidad. Puede zarandear nuestra vida para que la aprovechemos mejor. Nada hay más escaso que el tiempo – “tempus fugit ”- y ser consciente de ello puede provocarnos un saludable renacimiento: reverdecer el ánimo, elegir nuevas rutas vitales y sacar más jugo a nuestra efímera existencia.   

Verde

La verdadera elegancia es el arte de elegir bien el modo de vivir. Repasemos, pues, nuestro “currículum vitae”, reflexionemos  y elijamos.  Seamos elegantes, amigos. Vivamos mejor en un mundo mejorable. Son mis deseos ante el latido del tiempo, entre los años 2009 y 2010.

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