Gobernar “como Dios manda”
Es el gobierno que nos prometió Rajoy en una sesión parlamentaria preelectoral. Es de suponer que con esta castiza expresión no quiso referirse a un gobierno teocrático (Dios nos libre), sino a uno donde mande el sentido común, como al parecer él mismo matizó. Ahora bien, ¿a dónde nos lleva el sentido común?. Si de la vista, el oído, el olfato… se dice que con ellos uno percibe lo que quiere percibir, ¿qué cabe esperar del sentido común, del que también se dice que es el menos común de los sentidos?. Y es que el adjetivo “común” suele cargar de falacia, e incluso de felonía, al sustantivo que acompaña. Piénsese por ejemplo en el cacareado “bien común”, en aras del cual con frecuencia se inmola a mucha gente inocente para privilegiar a algunos sinvergüenzas.
Pero, ¿qué es sentido común? Supongo que la facultad de percibir lo que es obvio, claro, indiscutible… tanto para uno mismo como para los demás. La referencia comunitaria parece esencial. De ahí que sea harto improbable que haya sentido común, y asaz arrogante pretender conducirse y conducir a los demás bajo su presunta luz. Pocas cosas (si alguna) son obvias e indiscutibles en el mundo, la vida, la sociedad y la economía. Apelar sin recato al sentido común es mancillar la verdad. Y revestirse de él para justificar ciertos actos una obscena impostura.
Ayer conocimos algo de lo que el Gobierno popular cree que es de sentido común para solucionar los graves problemas de la economía española. Al menos para mi no es tan obvio que lo que proponen sea lo más adecuado. Pero no voy a discutir aquí y ahora las medidas de austeridad anunciadas ni el pretexto (su estimado déficit público del 8% del PIB) que esgrimen para justificar su fiereza. Solo quiero desear al nuevo Gobierno que estrene el nuevo año “como Dios manda”, evocando para ello el consejo de una santa.
Teresa de Cepeda y Ahumada, santa abulense, nos dejó escrito el siguiente consejo: “Humildad es verdad”. Así pues, deseo al Gobierno Popular que sea menos arrogante para ser más verdadero.
La elocuencia de las elecciones 20-N
Si otras veces la voz del pueblo, o mejor dicho, las voces de los distintos pueblos que conforman el actual Estado español han resultado ambiguas, esta vez han sido mucho más claras. Al menos así las escucho yo.
En Euskalherria ha sido elocuente el silencio de ETA. Enmudecidas las armas, han hablado solo los votos. Y estos sugieren que sin violencia el nacionalismo gana. El éxito de Amaiur revela la castración democrática que ha supuesto para la izquierda abertzale su connivencia con ETA.
En Catalunya los votos han contradicho las protestas por los recortes de gasto de la Generalitat. La coalición CIU ha remontado electoralmente a lomos del sacrificio social que está imponiendo. El pueblo catalán parece creer en el milagro de la “austeridad creativa”.
Con facundia (excepto en Sevilla) se han expresado los ciudadanos en el resto del Estado español al votar por el Partido Popular. Y es que la crisis económica ha facilitado mucho esta azulada expresión electoral. Como se sabe, azul es el color del PP. Aunque tener facundia no significa “ser caradura”, como erróneamente creyó el portavoz de este partido, Sr. Pons, en un intento de afear a Rubalcaba en la precampaña, me atrevo a plagiarle (al amparo del buen humor del que supongo goza ahora) diciendo que desde ayer una facunda España tiene abrumadora “cara azul”.
La rosa socialista, como se esperaba, se ha marchitado en casi todas partes. Este otoño, coincidiendo con la caída de las hojas, el PSOE ha perdido estruendosamente más de cuatro millones de pétalos. Pero, según dicen, el partido socialista ya ha convocado a su primavera.
Sonora ha sido la escalada de votos a favor Izquierda Unida. En IU han convergido las protestas de muchos defraudados por el PSOE y las voces de indignados 15 M. Once indómitos contrapuntos rojos (diputados) para tanto repunte azul.
Y atronador ha sido el ascenso de UPYD, a pesar de la ley D’Hont. Mucho Madrid (¿y madridismo?) en su quinteto de diputados.
Finalmente, ¿qué decir de Equo? Que ha sido más susurro que viento. Todavía están verdes. Una pena.
Redimenda est Hispania?
Sobre el rescate de España están circulando dos leyendas, una financiera y otra política. En la primera, narrada por agoreros, se vaticina la quiebra de la deuda pública española y con ella la ruina de nuestro Estado de Bienestar. La segunda viene a ser un cántico del Partido Popular en el que se postula la redención de la política española tras ocho años de secuestro socialista.
Sobre el rescate financiero de España
En mayo del 2010 afloraron las primeras dudas sobre la solvencia de la deuda pública española. Hasta entonces los mercados financieros habían permanecido relativamente mudos, tranquilos o dormidos ante el devenir de nuestras finanzas públicas y eso que en los años 2008 y 2009 ya hubo tanto estrépito económico como para despertar a un muerto. Es de suponer que los atontó su embriagante racionalidad. En cualquier caso, desde entonces no pocos, sobresaltados o quizás exaltados por el despertar de los mercados, apuestan por una España rescatada, como lo han sido ya Grecia, Irlanda y Portugal.
¿Rescate de España? Repasemos algunos datos. A pesar de todas las turbulencias padecidas y que han elevado el coste marginal de la financiación pública española, rozando antes de ayer el nivel del 7% para los bonos a diez años, lo cierto es que su carga financiera media (tipo de interés medio de toda la deuda viva) no llega aún al 4%. Descontada la inflación (un 3%), el coste real medio está todavía por debajo del 1%, porcentaje este muy cercano al ritmo al que crece la producción de bienes y servicios (PIB real), que es la renta de la economía. Conviene advertir que este coste, y no el coste marginal de un determinado título de deuda (y menos sin descuento de la inflación) es el que hay que considerar para decidir si un país debe o no ser rescatado.
Además, según el Informe Económico de Octubre 2011 del Banco de España (pag 60 y ss), la carga financiera absorbía no más que el 2,5% del PIB al término del primer semestre de este año, 2011. Aunque esta absorción haya crecido en los últimos meses por el aumento de la prima de riesgo en las nuevas emisiones de deuda, todavía está por debajo de la media de los países de la Unión Monetaria Europea (un 3%). Ello es así porque el porcentaje del PIB que supone actualmente el stock de deuda pública española es todavía, a pesar de todo, mucho menor que el porcentaje medio de la UME (aproximadamente, un 65 % frente a un 85%).
Estos y otros datos muestran que, por ahora, no hay base lógica (fundamentos financieros) para esperar un rescate. Es innegable que la economía española alberga graves problemas internos (paro, estancamiento, ineficiencia económica del Estado de las Autonomías etc.) y afronta adversas circunstancias externas (crisis internacional, desastrosa gobernanza europea etc.), y que, de prolongarse todo ello, se erosionarían más las finanzas públicas, haciéndose mucho más probable el rescate. Pero, hoy por hoy, esperarlo de forma inminente es una febril especulación, y anunciarlo con fines electoralistas una perversidad.
Rescate político de España
El Partido Popular, mientras ha estado atrincherado en la oposición, ha apadrinado la leyenda del rescate financiero para hacer más estruendosa su leyenda del rescate político. Consúltense las hemerotecas (ayer mismo la portentosa Presidenta de la CM, Esperanza Aguirre, proclamó que, a no ser por el BCE, España estaría intervenida). Si las encuestas aciertan, mañana ganará el PP y, según ellos, España será políticamente rescatada. Pero, tras su victoria, no sólo dejarán de apoyar la leyenda del rescate financiero sino que la combatirán ferozmente con los mismos argumentos que ahora desconsideran. Es lo que pasa cuando los políticos se revuelcan en hediondos oportunismos partidistas en vez de aliviarnos (a los ciudadanos) con fragantes oportunidades aprovechadas bajo una colaboración responsable.
Del rescate financiero de un país se conocen bien sus secuelas: sangre, sudor y lágrimas bajo el látigo de controladores internacionales. Por el contrario, poco se sabe de las consecuencias que acarreará el rescate político de España por parte del PP. Sobre ello también bulle una espesa especulación. De todas las ocurrencias vertidas me quedo con la beatífica promesa del Sr. Rajoy: “Voy a traer la felicidad a España”. Rezo para que esta felicidad no la controle el Cardenal Rouco Varela.
Del “crédito sin política” a la “política sin crédito”
Así hemos transitado. Nuestra interminable crisis surgió tras una expansión crediticia desbocada bajo un “laissez faire” irresponsable, sin una política reguladora diligente. Y hemos abocado a una política sin crédito, es decir, a gobiernos regionales, nacionales e internacionales ineficaces, decepcionantes, desacreditados.
Recuerdo que en agosto del 2007, cuando aparecieron los primeros brotes negros, escribí sobre la crisis utilizando la metáfora de las cucarachas. Cuatro años después compruebo que todavía no ha cesado el desfile de estos bichos, es decir, de problemas en el sistema financiero. Siguen y siguen asomando en interminable procesión. Lo acaba de advertir el FMI y de reconocer nuestro Ecofin: todavía se necesita recapitalizar más la banca de la zona euro. Indigna, sí, indigna oírles decir que aún quedan cucarachas tras haber transcurrido ya cuatro años durante los cuales se ha cuidado con mimo a los malhechores financieros mientras que se han impuesto medidas de sangre, sudor y lágrimas a ciudadanos inocentes.
En otro post también comenté lo perentorio que era un buen apretón entre la mano invisible que presuntamente guía a los mercados y la mano visible de la política. Pues bien, más que armonioso apretón parece que ha habido un tenso pulso de manos con resultados, hasta ahora, desfavorables para la política. Mandan los mercados orquestados por las agencias de calificación de riesgo. Que estas, habiendo sido cómplices (por falta de profesionalidad e incluso de honestidad) de la plaga de cucarachas, hagan temblar, todavía hoy, a los Gobiernos con sus oráculos y recomendaciones es algo que provoca irritante perplejidad. La credibilidad de la que aún gozan es, sin duda, el mayor descrédito de nuestros Gobiernos.
Obama ha perdido carisma y su voz repercute menos que la de la agencia Standard&Poors (recordemos los temblores de los mercados en agosto pasado cuando esta agencia rebajó la calificación de la deuda USA). La Unión Monetaria Europea está minada con bombas especulativas de destrucción masiva por la desconfianza que provocan la insolidaridad de algunos Estados miembros, las desavenencias y contradicciones entre las instituciones europeas, la falta de diligencia en la gestión de la crisis griega y la ruta de miope austeridad que nos fuerzan a seguir Merkel y Sarkozy. En nuestro entorno más cercano, Zapatero es ya, de facto, un expresidente arruinado políticamente. Su bancarrota se veía venir desde hace ya más de un año, cuando quebró su pulso socialista y se dejó abducir por las circunstancias. Y en este breve repaso del descrédito de la política, ¿qué decir de Rajoy, presunto vencedor (según las encuestas) en esta ruina? Que, si no quiere aparecer como un vencedor carroñero, ni como un paladín del descrédito, tendrá que probar con su gestión que es cierta su tesis, tantas veces proclamada, de que “Zapatero es el principal problema de la economía española”. De momento los faunos financieros no le han creído, pues, desde que Zapatero anunció (en julio) su retirada y la celebración de elecciones en el 20-N, la bolsa y el mercado de deuda soberana española, que dan por descontado que él será el nuevo presidente, han padecido horrores. Y todavía siguen bajo la tortura de la incertidumbre.
Ecce vox pecuniae. Según recoge la prensa hoy, Alessio Rastani, un agente de bolsa independiente, dixit en una entrevista concedida a la BBC: “La crisis es un sueño hecho realidad para aquellos que quieren hacer dinero”. Sigue: “Personalmente me da igual (el futuro de la economía). Soy un operador financiero, a mi no me preocupa la crisis. Si veo una oportunidad de ganar dinero, voy a por ella. A la mayoría de los especuladores no nos preocupa cómo arreglar esta situación. Nuestro trabajo es ganar dinero con esto”. Y prosigue, refiriéndose a los planes de rescate en la zona euro: “los Gobiernos no van a arreglar nada. Los Gobiernos no dirigen el mundo, lo dirige Goldman Sachs y a éste no le importa este rescate”. Así están las cosas.
¿Que bailen los salarios con la productividad? Reflexionemos (2ª parte)
En el post anterior (hace ya cuatro meses) reflexioné sobre el enfoque macroeconómico de esta cuestión. De los dos criterios apuntados, me incliné por el segundo porque resulta más equitativo que el primero al mantener la cuota de participación de las rentas asalariadas en la renta nacional representada por el PIB. Reitero brevemente el razonamiento: si la economía ha de hacerse más competitiva mediante el sacrificio o la austeridad, todos los factores que concurren en la producción de bienes y servicios (asalariados, trabajadores por cuenta propia, rentistas, capitalistas e incluso las AA. PP en cuanto receptoras directas de los impuestos sobre la producción) deberían sacrificarse proporcionalmente de modo que nadie gane a costa de otros en ese juego de suma cero que es la distribución de la renta de un país; en lo que concierne a los salarios nominales brutos (pagos a la seguridad social incluidos), esto implica que su tasa de variación ha de igualarse a la suma de la inflación de precios de producción (deflactor del PIB) y la evolución de la productividad (PIB/Empleo asalariado).
Sin embargo, no creo que vayan en esta dirección los afilados vientos desencadenados por la crisis. Me temo que se quiere recortar, como sea, la porción de tarta destinada a los asalariados. Incluso hay quien falazmente asevera que, como los trabajadores lograron mejorar su parte con reivindicaciones desproporcionadas durante la época de bonanza (1995-2007), ahora les toca moderar su gula. Pero las estadísticas del INE lo desmienten (pinchar en epígrafe “PIB a precios de mercado” y luego en Tabla 3 de “Estructura Porcentual”). En 2007 la cuota participativa de los asalariados era un 47,7%, menor que la de 1995 (48,8%). Y aunque en los primeros años de la crisis dicha cuota aumentó hasta superar ligeramente el 49%, luego (en 2010) retornó al nivel del 48%, como se muestra en la nota del Instituto Nacional de estadística anexa en el post anterior.
Decía también entonces que el otro enfoque de la cuestión es microeconómico. Se trataría de ajustar el ritmo de los salarios a la productividad de forma individualizada, empresa por empresa. Con ello se vincularían las rentas salariales con los resultados particulares de la empresa donde se trabaja, haciendo del trabajador un copartícipe de riesgos y, por ende, un colaborador más responsable y eficiente. Ni decir tiene que éste es el enfoque de moda.
La música suena divina pero el diablo puede escribir la letra. ¿Cómo se mide, y por quién, la productividad que ha de emparejarse con los salarios? Hasta ahora, en el baile de éstos con la inflación, se usa como referencia la evolución del IPC medida por el Instituto Nacional de Estadística. Así mismo, de bailar con la productividad agregada, se podría confiar en los cálculos correspondientes del INE para garantizar la neutralidad. Pero, en el caso de que los salarios tengan que enlazarse con la productividad de una empresa particular, ¿quién la mide y cómo?: ¿El Consejo de Administración o el Comité de Empresa?; ¿guiándose por la producción por empleado, o por otra definición de resultado empresarial, como margen de explotación, ebit, ebita, beneficio neto…, relativizada por el tamaño de la plantilla de trabajadores?
Sea cual fuere la variable elegida, ha de tenerse en cuenta que su nivel, o mejor dicho, su tasa de variación no depende solo del factor trabajo, sino también de otros factores concurrentes, como el stock de capital, la tecnología, la gestión empresarial etc. Hacer depender la evolución de los salarios de algo que los asalariados no controlan ni de lo que son, en muchos casos, los mayores responsables no deja de ser motivo de preocupación, de desánimo e incluso de rebeldía.
Simpatizo con la idea de que los salarios bailen ajustados (“arrimados”) a las características, circunstancias y resultados de las empresas. Pero sólo si hay transparencia y ecuanimidad, y no engaños ni abusos. Sin que los consejeros y altos ejecutivos de las empresas se sobrepasen. Que éstos se suban sus emolumentos y gratificaciones en tiempos de crisis, como muchos lo están haciendo, con la empresa chirriando en su cuenta de resultados (en gran parte por su negligente gestión) y los salarios de sus empleados congelados, es una violación de la equidad empresarial, una ruina moral, un pésimo fundamento para escapar de la crisis.

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